Stalker (Análisis)

Andrei Tarkovsky (1979)

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Es difícil realizar un análisis en profundidad de una película de este calibre, porque las palabras vuelan y hay demasiadas cosas que quedarán sin revelar. Yo voy a intentar transmitir mis sensaciones y tratar el máximo de materia que pueda.

En un mundo gris, apagado y sin esperanza, una familia duerme en la misma cama. Más bien la mujer y la niña duermen, porque el hombre—nuestro stalker—mantiene su mirada fija en la nada, impaciente por levantarse en silencio y prepararse para volver a la Zona.

La Zona es un lugar, cerca de la ciudad, creado de manera misteriosa por causas  no humanas y que el gobierno tiene vedado. Un sitio en el que la realidad es diferente y que tienta a los hombres con una promesa de felicidad total. Para el protagonista la Zona lo significa todo y es un modo de escape. Un jardín idílico, lleno de color en el que él actúa como guía para los demás y con el que tiene una conexión psíquica y espiritual fuera de lo normal.

El stalker trata de hacer entender a su mujer que la Zona es un lugar muy personal al que lleva a las almas descarriadas para que cumplan sus deseos. Es el único sitio donde se siente libre, aunque se juegue su vida y su libertad para poder acceder a él. Volviendo, incluso a estar encerrado.

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“Para mí la prisión está en todas partes” replica para disuadir a su mujer de su insistencia en que abandone la marcha. Porque para él todo es retención, tanto física como mental. Y esto se refleja en la manera de mostrar ambos mundos: fuera de la zona la imagen es gris/sepia, amenazadora, triste e inerte de emoción. Mientras que, pasado el umbral del mundo “real” y llegando a la Zona, el color (verde) se apodera de nuestras retinas con una magia y una basteza increíbles.

Es bien sabido que Tarkovsky utiliza los recursos cinematográficos para representar de modo ultra descriptivo el estado de ánimo y la psique de los personajes. El uso de la fotografía en blanco y negro resalta la angustia y la falta de felicidad en la vida del stalker, cuando está anclado en el mundo real. Y a la inversa con el color de la Zona. Siendo de suma importancia el cómo interpretar los recursos, tanto diegéticos como extradiegéticos para llegar a alcanzar una simbiosis con el film, más allá de la simple percepción inconsciente. Algo que sucede también con la música: sonidos de agua, instrumentos electrónicos que evocan el son de la naturaleza y que a la vez recuerdan a sonidos cerebrales y extrasensoriales.

Otro punto a tratar sería el simbolismo, si lo hubiera como tal. Ya que otra de las cosas que Tarkovsky resalta es el uso de un simbolismo muy personal—de nuevo achacándolo a las emociones—que responde a una sensación y no a una situación. No es que el agua sea simplemente agua ni que signifique purificación… Sino que complementa a los razonamientos y sentimientos de cada momento. El recorrido sinuoso por el riachuelo, dejando a un lado la narración para adentrarnos en un ámbito más onírico es presentado justo cuando el stalker duerme—y sueña—. Su cuerpo yace tumbado, y la imagen vuelve a ser sepia. Se siente alejado de la Zona incluso estando allí, porque no es consciente de ello. Para él, el sueño es como volver al otro lado. Se siente solo, tiene frío y la melancolía le rodea. La cámara hace un travelling por la superficie del riachuelo mostrando monedas, estampas y utensilios médicos. Todo lo banal que ensucia el líquido elemento y lo adorna, subyace para siempre de un modo misterioso y cautivador. Es críptico.

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Las figuras que acompañan al stalker son la metáfora de la sociedad, en sus polos más opuestos. El Profesor es un hombre cuyo afán por conseguir mérito lo ciega hasta el punto de llegar a la autodestrucción si fuese necesario, es el que menos objeciones pone a las instrucciones del guía y el que más tranquilo aparenta ser. Su imaginación—si la tiene—es mínima y no cree que el conocimiento que propicia la Zona deba existir por el simple hecho de que puede caer en manos equivocadas. Así pues, recurre a la idea de su destrucción para evitar males mayores. Consecuencias que no tienen porque darse, son solo suposiciones drásticas que operan bajo la sombra del miedo. Negando una fuente de esperanza se llega a la absoluta incomunicación que desemboca en un estado continuo de depresión—al igual que se muestra en el mundo de fuera—.

Por otro lado, el Escritor es la idea pesimista de la vida. Un hombre que no cree e nada fantástico y a perdido la capacidad de sorprenderse o de tener curiosidad frente a cualquier misterio. Y es por eso que no escribe nada bueno, que está vacío de inspiración y se siente superior, rayando el narcisismo más egocéntrico. Su filosofía de la vida denota una hostilidad propias de un niño cuando desoye los consejos del stalker. Pero eso le hace sufrir cambios en su manera de pensar y expande su mente. Me aventuraría a decir que es el único personaje que tiene una evolución positiva y no es casualidad, sino causalidad: El hecho de que decida, nada más llegar a la Zona, seguir el camino corto que va en línea recta (cuando el stalker ha dicho que la zona tiene trampas y que el camino más largo es el menos arriesgado) crea una respuesta en la Zona que hace que se manifieste, primero con un viento paranormal que produce terror en el Escritor y después con la emisión de un mensaje pidiéndole que retroceda. Siendo totalmente efectivo porque él piensa que uno de sus compañeros es el que ha suplicado su retroceso propiciándole una salida que mantiene su orgullo intacto mientras que en realidad la Zona ha operado de manera inteligente con un simple truco.

El stalker se da cuenta de que la zona lo ha “salvado” e interviene poco después como portavoz de la misma en un momento crucial para el Escritor. Cuando están a punto de entrar en el Tubo, el stalker crea una falsa ilusión de azar al proponer el clásico recurso de la “cerilla más larga” para ver quién pasa primero y sea arriesga por los demás. Haciendo que sea el Escritor quien escoja primero—sabiendo que ambas cerillas son iguales y sea cual sea la escogida, será la perdedora—. Con esto, el stalker se convierte en una extensión de la voluntad de la Zona y siembra la semilla de otro cambio en la psique del Escritor cuando, al final del tramo, tiene miedo de abrir la puerta que da paso al siguiente habitáculo y es presa de un pánico total que le hace empuñar la pistola que llevaba consigo. Ahí sucede, de manera frenética—salvando las distancias en el cine personalista de Tarkovsky—, uno de los momentos clave para este personaje, ya que en realidad no hay nada a lo que disparar. El arma es un elemento inútil que simboliza una falsa seguridad ante un enemigo, que de haberlo, sería invulnerable. Entonces, al no poder optar por la vuelta atrás ni estar protegido, el Escritor deja caer el arma y con una decisión que obedece más a un sentimiento de impotencia que a la propia valentía que requiere, abre la puerta y se adentra en lo desconocido. Como si de un acto suicida se tratase, porque acaba de comprender que no es nadie y que no hay salida posible. Que no posee control alguno sobre nada.

Cuando sus compañeros van a ver que le ha sucedido, no comprendan porqué ha entrado solo y se quedan expectantes ante la escena que pone punto y final al personaje del Escritor… y que marca su comienzo.

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Entre dunas se encuentra el pobre hombre, inmóvil y absorto debido al más potente de los miedos: la indiferencia del mundo respecto a su persona. La vacuidad de su ser. Se siente nulo y no le importa desaparecer. Y la Zona lo sabe. Entonces el stalker lanza una de sus tuercas y la cámara lenta aparece jugando con el tiempo y avecinando el suceso, dándonos un poco de tiempo para mentalizarnos. Se activa una trampa. Hay un destello de luz y un ave sobrevuela el espacio cerrado. Todo acaba para el Escritor que yace en el suelo, inmóvil.

La fuerza de esta escena despierta mi máximo interés y estoy convencido de que es algo más que un desmayo. Al parecer, los elementos de luz y el ave sí son símbolos—deben serlo—, no simples recursos ambientales para describir el paso del Escritor de un extremo a otro en su paso por la Zona. La luz significa verdad, arrojada con violencia y pureza ante los ojos de los personajes, pero de manera distinta para cada uno. Es un fogonazo que dispone la base de un cambio. Como un destello revelador que no da paso a nada. Simplemente tiene lugar. Luego, el pájaro, también presentado a cámara lenta, como si se situase fuera de la acción normalizada y quizá recalque el aspecto liberador de la luz. Un ave encerrada en un cuarto que es libre: una mente encerrada en un cuerpo que despierta. Es inexplicablemente bello y muy potente a nivel narrativo pues tras ese “castigo”, el Escritor se levanta aturdido y aparentemente es el mismo. Pero no lo es.

 

Tarkovsky negaba el simbolismo, pero creo que, o bien no entendimos a que se refería o ni él mismo supo definirlo con claridad. En cualquier caso, situaciones e imágenes como la del ave, la luz, el fuego y con mayor relevancia, el agua; son ejemplos de un simbolismo muy personal, pero simbolismo al fin y al cabo. El agua, en particular, no puede solamente ser un acompañante de la narración sin un trasfondo más filosófico. El ámbito poético existe, pero bien podría decirse que la lluvia no es agua cayendo ni determinante de la purificación—aunque el “bautismo” de cuerpo entero que hacen los tres antes de llegar al Umbral sugiera lo contrario—sino que alcanza un significado personal que se extrapola a los demás individuos que visionan la obra, por el simple hecho de que son parte de ella—no hay cine sin espectador—. La lluvia es otro mensaje más de la Zona, ya sea como representación empática de la tristeza de los hombres al final de su viaje o como las propias lágrimas del lugar.

Otros aspectos como el perro, el fuego o la hija del stalker son también polifacéticos y crípticos en cuanto a representación se refiere. Quiero incidir sobre todo en la niña.

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Como una representación melancólica de la inocencia y la soledad, ella, permanece callada durante todo el film dando retazos de un presagio muy importante. Solo aparece al principio (dormida, inerte) y al final—despierta, taciturna—y es allí cuando nos hace abrir los ojos y comprender un poco más la esencia de lo que Tarkovski quiere representar: Ella está contemplando el vasto mundo. Un mundo con color (recordemos que el mundo fuera de la Zona es gris). Aquí viene la duda de si, las texturas se corresponden con el estado psicológico de los personajes o ella ve el mundo así porque está unida a la Zona. Es bastante difícil de escoger una teoría, pero yo me inclino por la segunda. Hay que tener en cuenta que todo el aspecto técnico y visual de la historia responde a los impulsos y los estados de ánimo de un solo personaje: el stalker. Entonces, si la niña interpreta el mundo así—visualizando los colores del esotérico lugar—, en un principio, no cabe pensar otra cosa sino que ella es parte de la Zona—o una extensión de la misma—.

Anteriormente en la película, el stalker tiene un retiro espiritual y el Escritor y el Profesor hablan de su hija. Se menciona la palabra “mutante”. Y quizá la palabra que mejor defina a la niña sea “híbrido”. Un ser completo que abarca la personalidad del stalker—soñador y espiritual—y la del resto de personas carentes de fe. Una mezcla entre humano y la Zona, algo perfecto que solamente se expresa mediante acciones, incapaz de mentir o parecer falso. Un ente hecho de Verdad.

La naturaleza de sus actos da lugar a un mayor cripticismo y nos lleva a pensar en algo sobrenatural. Y es así, a grosso modo, pero también es una metáfora para describir el objeto de la obra: la naturaleza personal y la conciencia psicológica. Con un plano secuencia impresionante que menta el devenir de la historia vemos como la niña lee un libro—se empapa de conocimiento—y acto seguido mira los tres vasos que hay sobre la mesa y los mueve con la mente, en un principio… porque es plausible que la metáfora misma lo exija así, siendo simplemente un acto extradiegético, pero no hay que olvidar el llanto del perro que presencia el acontecimiento sobrenatural: La niña mueve los ojos, mira un vaso y este se mueve. Por este proceso, podemos decir que ocurre de verdad. Algo imposible que solo habíamos visto antes hacer a la Zona, ahora podemos vislumbrarlo en manos de la voluntad de una niña. ¿No está claro? La niña y la Zona son una misma cosa. Como una consagración que emula algo abstracto introducido en un cuerpo físico. Un ideal con cuerpo.

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Si nos fijamos en los vasos, estos son tres: con formas y contenidos diferentes. Creo que la relación de los números y las formas y los protagonistas de la obra no es para nada casual. El vaso llenos de líquido representa al Escritor: el estado del material del recipiente representa su psique artística y maleable. La jarra con un huevo roto dentro es el Profesor: su estado es sólido como la mentalidad de éste. Y el vaso alto y vacío—más bien lleno de aire—es el stalker: un material en estado gaseoso que representa el nivel de fe alcanzado por este. Algo intangible pero que está ahí.

Es una comparación deliciosa, pero aún lo es más la manera en que los tres vasos se mueven, simplificando un viaje que ha durado mucho tiempo y que expresa a la perfección el pasado el presente y el futuro de todo el entramado de la película:

Todos los vaso están colocados de una manera intencionada y jerárquica siendo el primero el Escritor, después el Profesor y por último el Stalker, si apreciamos la mesa como el mundo/tiempo siendo el principio el lado más lejano y el final el más cercano al plano. Creando un ideal de orden basado en el nivel espiritual o la capacidad de entender la Zona y tener fe en ella. Mediante los movimientos que la niña crea, las posiciones cambian siendo el Escritor quien avanza en el plano y se sitúa al borde de la mesa—supera a sus compañeros en cuanto a experiencias sensoriales se refiere y se pone a la cabeza en el tablero—, después el Profesor avanza un poco para situarse al lado del Stalker y permanecer allí, muy alejado del borde—su mente no alcanza a evolucionar lo suficiente y no llega a tener sensaciones tan fuertes—y finalmente el Stalker avanza hasta caer de la mesa—supera la barrera/límite de la Zona y trasciende—. El futuro está escrito y el stalker, por su fe y su manera de ver y entender la Zona es el que realmente consigue hallar la máxima iluminación, mostrándose como una consecuencia, en principio, de destrucción—el caer de la mensa supone la muerte—, pero siendo el camino para llegar más allá de la visión oscura del mundo.

Tras esto, un terremoto que advierte el fin del mundo cuando los creyentes han sido raptados y los demás se quedan el la Tierra. Dios está presente en la obra, aunque sea difícil de ver—quizá la niña lo represente también, indiferente ante el temblor y con la mirada perdida—. Quién sabe.

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A destacar: la escena de vuelta al mundo real tras salir de la Zona, en la que los tres personajes están sentados en un bar y miran a la cámara. Nos miran a nosotros haciéndonos aún más partícipes de la película o recordándonos que lo hemos sido todo el tiempo.

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