Sleep Has Her House

Scott Barley (2017)

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La Oscuridad como principio. La oscuridad como la pregunta y la respuesta. Como un único ser. La oscuridad como Dios.

Pocas veces se tiene una experiencia cercana a la muerte al visionar una película. Dudando de las barreras impuestas por cualquier orden cósmico o racional. Quedando perplejo ante la magnitud de una obra que es tremendamente pasional e importante.

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La noche es el guía y el silencio su lacayo. A veces el susurro del viento o el arrullo del agua se abren paso, con miedo y timidez, pero el silencio los acalla. Adueñándose del alma y trastocando la realidad de lo que conocemos: El silencio no se oye, la oscuridad no se ve.

Cuando la cascada lleva agua en la noche, se escucha su corriente, hasta que te alejas lo suficiente como para captar de nuevo el sonido mudo y percatarte de la horizontalidad en la verticalidad. Una catarata que es un flujo. Una corriente.

Los árboles se tornan esqueletos con mantos sombríos y finos que bailan en la penetrante nocturnidad y se funden con el cielo. Haciendo a las estrellas partícipes de lo que sucede en lo terrenal. Como tamizando la vacuidad del espacio entre las ramas y consiguiendo así una espiritualidad inquietante.

Mediante pulcros fundidos que evocan el sueño y tenues movimientos en la espesura, la montaña emerge como un titan dormido entre los pinos. Así la onírica se hace aún más poderosa y de manera fantasmal, se nos habla de lo inerte. La naturaleza en este espacio no está viva. Está muerta en vida. Es como un lienzo que se tambalea al son del silencio y que sigue una pauta autodestructiva.

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Luego un río, quieto. Y una porción de espacio sideral que se corta triangular entre dos montes. Ahí el anochecer es lento, hermoso. Hay tiempo de sobra para filmarlo y que suceda, pues la recompensa se piensa enriquecedora… Aunque no la haya. No hay rayo verde, solo más negrura. Pérdida de fe, pérdida de esperanza.

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El ciervo es el alma de bosque. Un ser errante que camina sigiloso por los espacios abruptos y amenazadores de los que forma parte. Está tranquilo. No tiene miedo… No hasta que aparece el fuego tras la tormenta. El terror. La luz. El enemigo.

Rompe el esquema. Barley no hace cine a partir de la luz, sino a pesar de ella.

El agujero negro se traga lo restante. Duele mirar el halo que se forma mientras engulle la luz. La oscuridad más opaca nos absorbe. Y acaba el viaje. La elegía. El descenso a la tierra del Sueño y de la Muerte.

 

 

A destacar el sol invisible que se intenta abrir paso entre las nubes. Cegando nuestros ojos muertos, ya acostumbrados a la oscuridad total. La antítesis. Lo que debería ser concebido como un momento de gozo nos hiere profundamente.

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