A Spell to Ward Off the Darkness

Ben Rivers & Ben Russell (2013)

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El hombre. Un alma errante que intenta conseguir un alivio para aplacar su interior. No sabemos nada sobre él. Solamente que la idea de pertenecer a algo lo hace olvidar sus miedos y sus ansias. Lo evade de si mismo.

De como una utopía puede ser una adicción y un falso escape para aquellos quienes no tienen nada por lo que vivir. De como la perfección social, o una idílica comunidad pueden no ser suficiente para alguien que no tiene espíritu, que es un reflejo de su ser. Un eco de la sociedad moderna, algo que pasa actualmente.

La película se divide en dos partes con un interludio. Dos canciones separadas que se sobreponen y se distinguen de manera abismal. Como la luz y la oscuridad. Ambas con un coro que sucumbe a la verborrea en la primera parte y se apodera de los sentidos en la segunda. Paraíso e infierno, pero en un mismo plano.

El Primer Canto lo plagan los brillos y la naturaleza. La llamada de la comunidad más pacífica y alegre entra en escena y los debates filosóficos más asiduos tienen lugar, de forma banal, en un paraje idílico donde prácticamente no hay problemas ni conflicto. Es ahí onde retazos de la persona—y personalidad—del protagonista se dejan ver. Una melodía oscura suena en un jardín verde mientras los niños y los adultos juegan a vivir. Reina la despreocupación.. El zen vacuo y monótono.

Tal es la pereza y la monotonía en ese lugar, que el hombre se va. No sin antes entrar en una cúpula—símbolo del “templo”—que se va construyendo durante la convivencia. Un lugar de reposo y pensamiento, dónde él se siente—también—indiferente. No comprende su sentido. Está lejos de parecerse a sus vecinos, espiritualmente hablando. Y decide buscar otro manantial del que beber. Otra fuente de “felicidad social” que lo llene—durante más tiempo—.

En el intermezzo, el hombre deambula, fuma, rema, escala… Se busca y huye de si mismo. También busca otro paraje, algún lugar plagado de otras almas para así poder seguir creyéndose parte de algo. Su recorrido lo lleva sosegadamente al cenit fílmico.

Tiene lugar un concierto, el Segundo Canto. Que hiela la sangre a la vez que aviva las llamas del odio. La rabia se apodera de todo. La cámara navega por los huecos que hay entre los integrantes de la banda de Black Metal Noruego. El paganismo más visceral y bello se impone y nos invade otra vez esa sensación de utopía. Mil veces distinta, pero igual en esencia.

Para él es placentero: solo hay que verlo. Compenetrado y en trance total. Se huele la atmósfera de unión al transmitirse el espectáculo con planos tan cerrados y apenas espacio entre los objetos. Es como si la cámara abrazase ese sentimiento.

Tras finalizar la increíble escena, se retira de nuevo. La pintura que lo ha hecho partícipe una vez más de un “todo” se borra de su faz al igual que ese sentimiento, ahora vacío. Ha tenido otra dosis, ahora se hunde en las sombras mientras busca otro momento de (in)felicidad. Alejándose del “yo”. Eternamente.

A destacar el momento en el que el hombre quiere y no puede cantar los coros. Le invade un profundo pesar y una impotencia sobrecogedora.

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