Tenshi no tamago (Angel’s Egg)

Mamoru Oshii (1985)

 

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La pérdida de la fe, su renovación y la trascendencia espiritual se ven reflejadas en esta maravillosa película que me embriaga de belleza y quietud.

Todo comienza con un gesto. Las manos de una niña—la protagonista—que imitan un acto dador, un regalo para el mundo. Para luego mostrar la mano del hombre—el misterioso chico—que se torna en puño. El acto arrebatador.

La historia gira en torno a una niña—pura y risueña—que custodia un gran huevo. Ella viene de otro mundo, de las entrañas del creador. El cual se representa como una nave colosal de forma esférica, cuya totalidad está integrada por figuras femeninas de piedra y un gran ojo en el centro. Al igual que en la simbología tradicional cristiana—salvando las distancias—.

La niña simboliza la fe más férrea, la que no necesita ninguna prueba para poder sostenerse. Ya que ella sabe—o cree saber—lo que hay en el huevo sin necesidad de abrirlo. Lo protege a toda costa y lo porta como una simiente bajo su vestido. Como un feto en su vientre. Algo sacro.

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Al salir al mundo, ella comienza una vida y un camino que la llevará a la ciudad—y digo “la” porque es la única en el mundo—, dónde se asentará y creará un santuario personal. Y allí, durante largo tiempo continuará con su cometido, custodiando el huevo y siguiendo una serie de rituales de los cuales quiero hacer hincapié en uno concreto. El continuo ir y venir del agua. El como ella la guarda, la bebe y la observa me da mucho que pensar, pues ¿no es el agua el motor de la vida? Ella es vida y se nutre solamente del líquido elemento. Llena sus vasijas y las guarda en su templo como si fueran tótems. Sin duda, un símbolo muy fuerte y que aún esconde algún misterio para mí.

En el lago, casi al principio de la película, tiene una revelación. Ve en un futuro próximo su muerte. Se ve ahogada, formando parte del lecho del lago y acto seguido una ráfaga de viento la despierta del trance. Un hecho insólito y muy importante que nos avecina un presagio.

En uno de sus paseos diarios, se topa con un joven que porta una cruz y tiene las manos vendadas. Un Jesucristo vagabundo que ha olvidado su propósito en la Tierra. Del cual ella desconfía al principio, pero luego entabla una gran amistad, ya que lo llega a ver como un igual.

Él aparece al principio, observando el ente divino que lo ha enviado para llevar a cabo una misión. La cual recuerda al ver el pájaro petrificado. Símbolo de la paloma de Noé, que no encontró Tierra, sino que pereció. Allí se ve la dualidad de ambos personajes. Me atrevería a llamarlos ángeles cuyo objetivo es el de mantener la esperanza. La niña lo consigue mediante su infinita devoción y su fe ciega. Pero el chico está allí para dilucidar esa fe, para demostrar algo por medio de la traición, para quebrar el huevo. Pero no sin conseguir el mismo objetivo… Hay que recordar la escena en la que el chico ve la paloma—el ángel petrificado—y parece recobrar su memoria y su propósito. Así pues, comprende que debe liberar la Verdad de su escondite y quebrando el huevo desencadena un nuevo Apocalipsis en el que todo renacerá de las aguas. En un acto despreciable y noble al mismo tiempo. El sacrificio más loable, pues no hay recompensa, solo muerte.

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El pecado surge pues, de la falta de fe y la duda que presenta un enigma tan grande. La búsqueda de respuestas aniquila lo divino y lo onírico y todo se transforma en nada. La nada más real, más allá de la que contenía el huevo. Esto conlleva al fatal destino de la chica y su resurrección y al sacrificio del chico. Ella no puede soportar la pérdida de su preciado tesoro, que a la vez simboliza la caída del hombre en el abismo. Llora, grita y se precipita en su carrera a la transfiguración por medio del descenso a la negrura. Se topa con su reflejo, con su alma etérea. La besa, trasciende, crece. Se queda embarazada y al ahogarse, da a luz a decenas de burbujas que se convierten en huevos al contacto con el aire. Crea nueva esperanza, nuevos pájaros que sueñan eternamente. Pero ¿con qué sueñan los pájaros?

Como en el Antiguo Testamento, el diluvio viene después del pecado. Aquí, la inundación funciona igual, conllevando el—segundo—Armagedón que es más tranquilo y melancólico. Las calles se van llenando poco a poco del elemento purificador que acaba por cubrir la ciudad entera, mientras el chico se marcha condenado. Abandonándolo todo y observando una vez más el vasto horizonte donde se alza la maquinaria sagrada, que acoge una nueva mártir en su ser—el paraíso tras una vida devota—todo se torna gris y ve cumplida su labor.

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Así pues, el fin es claro. El chico da su vida por salvar un mundo en ruinas, la chica resucita en forma de fragmento de algo mayor… Y la cámara se aleja para dejarnos ver que el arca nunca llegó ni llegará a puerto. La conclusión de una obra maestra.

A destacar: la caza silenciosa de los hombres. Figuras oscuras que se mueven por los recovecos de la ciudad, intentando arponear los peces que no son más que sombras de lo que fueron. El vano intento de intentar pescar el pasado. La degradación del espíritu y la negación de la Verdad.

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