Oh! Uomo

Yervant Gianikian & Angela Ricci Lucchi (2004)

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Me resulta extremadamente complicado discernir entre la captación por medio del morbo y el verdadero sentimiento artístico que se esconden en trabajos de esta índole. Dónde una fina línea separa la mera curiosidad ante lo grotesco y la cuidadosa práctica respetuosa con la Historia y el ser humano.

Un found footage recopilado y montado de manera sucia pero elegante, con una clara predisposición por los silencios reflexivos y los interludios de una voz femenina que acentúa el acto mismo del terror; los italianos nos muestran una serie de imágenes de archivo—cortadas, retocadas, ampliadas…— tomadas antes, durante y después de varios sucesos bélicos. Como un viaje por la Historia que contiene un detonante y unas consecuencias.

 

El hecho concreto de que la totalidad de la película sea algo adquirido, en lugar de algo creado—aunque después exista un acto realizador—sienta unas bases que, para mí, son cruciales a la hora de plantearse una trascendencia de la obra en sí: Oh! Uomo nunca podrá ser una obra maestra. El acto creador se ve limitado por la simple obtención de una imagen impropia y tomada para otro fin diferente y, por tanto, la plasmación del pensamiento también. Por mucho que se manipule una imagen para formar una idea nueva, ésta va a verse limitada por su propio contenido y a quedarse a medio camino de la culminación. Todo ello en base a que el admirador de la obra—que no el autor—busque esa culminación, claro.

La técnica del found footage siempre ha sido una traba y una ventaja—ilusoria pero contundente—a la hora de la trascendencia en el cine experimental-documental. Películas como Mer dare (Our Century – 1900/1999 Our History) de Pelechian o The Hart of London de Chambers han sabido hacer un despliegue de armonía y belleza con material encontrado pero sin llegar al nivel de “opera maestra”. Y esto es por el hecho de necesitar o usar otro material para ser, para existir y para expresar. Algo que para un servidor es llamativo y en algunos casos genial, pero que no puede evitar tener otra cara que refleja un misterioso aire exhibicionista.

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Por otra parte, en el film que nos ocupa, se palpa el aire de crítica reflexiva y el resultado final es respetuoso sin dejar de ser mordaz. El hecho de que se muestren imágenes tan brutales, no quita que se haga con el fin de incitar a pensar más allá del acto caritativo o la falsa solidaridad. La clave de la película es ver que el remedio que el hombre da a las consecuencias del desastre es inútil y horrible en términos de evolución de conciencia. Al producirse, por un acto mecánico y bárbaro como es la guerra moderna, una deformación de tales dimensiones y causar esos estragos en el aspecto físico y motriz de un hombre, lo normal sería pensar que la solución lógica es erradicar y destruir los artefactos que lo han causado—es decir, la guerra, las máquinas, las armas químicas—. Pues no, lo que hace la sociedad del progreso es crear soluciones prácticas para “reinsertar” a estos individuos en la sociedad. Hacen que el mal se vea como una oportunidad de ingenio y avance técnico. Confundiendo “salvar” con “arreglar” y llevando al ser humano a un continuo devenir de remiendos y heridas… El hombre amputado es feliz con su brazo de metal y con su prótesis, que le permite andar de nuevo. Pero si la realidad fuera otra, él sería el último de los que necesitarían uno de esos artefactos. Y este hecho devastador, pero real en un mundo de decadencia, hacen que la película sea loable.

 

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El último tema a tratar en la película es el del morbo. Técnica que puede ser muy peligrosa si no se usa con cautela, pues la carne es débil y más hoy en día donde el espectáculo y la parafernalia atraen más público que un buen discurso. Es por esto que la película desempeña un papel muy cuidadoso y se tambalea constantemente en una cuerda floja sin llegar a caer—afortunadamente—en la vil prostitución de las grabaciones ni en su aprovechamiento para impresionar. Si algo está claro es que no hay pretensión ni vacuidad de razonamiento en el espectro narrativo y no se ofrece un mensaje repugnante camuflado de propuesta rompedora. No como en otras películas recientes que, fingiendo tener un objetivo espiritual han hecho exhibición de un amplio abanico de atrocidades y delirios que serían más propios de un desajustado sitio web al que poco importa el verdadero sentido del pensamiento y nos vende humo en forma de chocante verborrea o imágenes tan aterradoras como inútiles—Srpski film, Martyrs, o la reciente Hereditary—.

 

El hecho de mostrar unas imágenes tan difíciles de comprender—desde el punto de vista humano—para advertir de los peligros del hombre y de la guerra, me deja atemorizado ante la posible reacción de algunas personas al verla. Es decir, Ricci Lucchi y Gianikian han tratado el material con cautela, lo han montado de manera simbólica y se han involucrado con y para él. Pero el ojo indagador en este tipo de cine documental se aleja de la visión del espectador neutro—dónde me incluyo—, al que la información puede crearle aflicción, rechazo o miedo; o por el contrario, compasión y una falsa aceptación de lo acontecido. Sin objetivo de reflexión plausible y con el solo objetivo de visualizar la tragedia para sentirla en sus carnes—salvando las distancias, lo mismo que pasa con la televisión—. Por eso hay que ir con pies de plomo al ver este tipo de cine, no dejarse seducir por su lado cautivador y perturbador y ahondar en la profundidad de su propia naturaleza. Manejándolo con sumo cuidado y evitando, por cualquier medio, convertirlo en fenómeno de masas—que es lo que está pasando ahora con mucho cine experimental—. Un endiosamiento debido a una innovación o un estilo asombrosos, pero que se intuye vacío de reflexión o pensamiento—no en la obra, sino en su interpretación—.

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