Polustanok

Sergei Loznitsa (2000)

La tranquilidad externa y la inquietud interna son sin duda las características más notables de toda la obra primigenia del bielorruso Sergei Loznitsa. Cuyo pulso a la hora de narrar una historia puede dosificarse en un puñado de planos fijos que se mantienen en tensión por medio de la estética de la sombra y la quietud del marco. Y que derrochan, ante todo, sinceridad.

Con Polustanok, Loznitsa nos da una pequeña muestra de su genio, en forma de visión onírica del paso del tiempo y la espera. El planteamiento —y casi resumen— de la obra es el siguiente: “Un grupo de personas duermen en una estación de tren, aparentemente esperándolo.” Y ya está. La simpleza del argumento es el eje cardinal de todo el cine temprano de Loznitsa, pero no por ello hay que pensar que no hay nada bajo el velo, es decir, quedarse en la superficie. Lo que sus obras esconden es una reivindicación y un mensaje —político, sin duda, pero también espiritual— que puede vislumbrarse mediante la inmersión y la hermenéutica.

 

Viendo varias veces el mediometraje, uno se va fijando, no en los detalles, sino en el carácter más ambiguo que puede tener la obra. Una especie de recorrido sinuoso que se vislumbra al acabar y al volver a empezar. El tren se mueve entre vapores de niebla y no cesa en su trayecto. Está lejos.

La estación —un edificio blanco y plano— se sitúa en medio de la noche, de la oscuridad que rodea el mundo. Iluminada por dentro de manera artificial, para evitar ser devorada por la negrura de fuera. Al ver a través de sus paredes apreciamos que hay gentes en ese mundo, pero están dormidas; apesadumbradas y despreocupadas ante la espera tren, que puede ser un símbolo de esperanza o liberación. Poco a poco se nos muestran sus cuerpos, tendidos en los bancos, como cuerpos inertes que yacen en su propia inconsciencia. Hay niños, mujeres, hombres ancianos… Todos están sumidos en el letargo mientras los sonidos exteriores se ven acallados por sus ronquidos.

El tema del sonido es un puto y aparte en el cine de este hombre. Tanto en Portret como en Poselenie los sonidos de la naturaleza se muestran tímidos y claman por una memoria harto olvidada. Aquí, solo hay dos sonidos que destacan sobre otros: la lluvia —agua— y el viento. Sonidos de materias primas que fluyen en la naturaleza, siguiendo un camino en forma de corriente. Algo simbólico en un pasaje que trata temas como la espera y el sueño…

 

La gente sigue durmiendo, de vez en cuando hacen pequeños aspavientos o cambian levemente de posición, sin más objetivo que conseguir una postura más cómoda… Nimiedades al lado del acto que dota de sentido filosófico a la obra en la escena siguiente. Cuando el tren llega, invisible, alertando con su llamada a las gentes que moran en la estación —apreciándose el particular sentido existencialista de la obra y su mensaje desalentador para con la humanidad— nuestro primer impulso es pensar que las personas despertarán y se subirán a él. Pero, para comprender la visión de un mundo como el nuestro, como el suyo; el siguiente movimiento debe ser adecuado a él. Así pues, las personas ni se inmutan, siguen petrificadas—muertas—, sumidas en un sueño profundo, un sueño plástico y atractivo. Son fantasmas, espectros de sus propios cuerpos que permanecen a la espera de la nada, pues el tren pasa y pasa y no lo cogen. No pueden.

Una visión devastadora que crece al ver la imagen de una mujer que despierta y mira a su alrededor, viendo que todo está igual, en calma. Así que vuelve a dormirse como si nada hubiera pasado, sumiéndose en el letargo infinito. Hasta el fin del mundo.

Sinceramente, no sé bien que creer respecto a la identificación de los símbolos y las imágenes en el cine de Loznitsa. Me parece un director muy críptico a pesar de su sencillez aparente a la hora de narrar. Temas como la muerte y el purgatorio también me encajan como temática en ésta, su segunda película/documental; que sin duda alguna, tiene más de una lectura posible. Pero el ambiente onírico y el uso estético de la luz difuminada con la sombra me inclina a pensar que, sobre todo, tiene un sentido trágico. No por el hecho de usar blanco y negro, sino por el modo de usarlo.

La tensión de cada plano, hace que el ritmo de las imágenes fluya con una naturalidad pasmosa mientras pasan los minutos, acentuando intencionadamente el concepto de “espera” que es el tiempo de la vida, a grandes rasgos. Pensando en Béla Tarr, quien, creo es el director que mejor ha tratado al tiempo en toda la historia del cine, me viene a la mente el concepto de “tiempo de espera” asociado a la melancolía del paso del tiempo. Algo curioso y muy profundo que se puede vislumbrar en Polustanok; ya que, justamente, el tratamiento del tiempo es otro de sus rasgos más destacables. Comenzando por la sencillez de la obra y su recatada presentación, la lentitud —más bien detenimiento— con el que explora su ideario y la mirada limpia y penetrante con la que expone un concepto de realidad demasiado vivaz y absoluta como para que parezca simplemente eso, realidad; esta obra ahonda en las raíces del alma del mundo mediante un pulso digno de un poeta.

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