Lazzaro felice

Alice Rohrwacher (2018)

Captura de pantalla (637)

Tímida e introspectiva fábula que nos acerca al mundo pseudo-encantado de Lazzaro, un joven jornalero que vive alejado del plano real. Pero no en un sentido filosófico ni espiritual, sino más bien porque le falta un toque.

Toda la manida ilusión que genera la película sobre que Lazzaro es una especie de mesías, un inocente que es bueno por naturaleza y por tanto, puro; no es mas que una falacia bastante irrisoria, si se me permite decirlo. A medida que el film iba a avanzando mis pensamientos se alejaban de él, en parte por la facilidad —que no sencillez— de la trama y por la naturaleza de su mensaje. Una aburguesada crítica al dominio feudal que se queda en un nimio relato pseudo-espiritual.

Es cierto que hay escenas realmente acertadas, como la de las manos rozando el rostro enfermo del chico o el susurro de su nombre entre las hojas. Pero el haber cinematográfico de la película es bastante manido. Toda la soltura que puede verse en algunos planos secuencia —demasiado cortos para invitar a una verdadera introspección— junto con el uso del espacio durante los trabajos de los jornaleros en la Inviolata se quiebra en las escenas de interiores, donde la cámara no sabe equilibrarse y, sobre todo, en toda la segunda mitad del film. Cuando el terreno se vuelve cemento y la narración se me asemeja demasiado convencional. Sin magia alguna. En un cine que se centra en mostrar situaciones deplorables de un modo bastante superficial y apresurado, con personajes planos y muy recurrentes que no hacen otra cosa que plantear al espectador dudas acerca de la naturaleza propia del film. Y es justamente ahí —en esta segunda mitad— cuando el halo iluminado que Lazzaro podía poseer se vuelve ridículo.

Si podía quedar algún resquicio de verdadera pasión y bondad en el personaje de Lazzaro, al despertar de su letargo se va al garete. Y es lógico porque en realidad no es nadie especial —aunque se empeñen—, no es un ser aislado por una razón tácita. No es la representación del “bien en la Tierra” ni la exaltación de la simpleza como idea principal del ser. No es un Janos Valuska, no es un príncipe Mishkin… Y toda el aura que desprende su imagen no es más que un engaño para mentes poco despiertas —para masas— que creen en una tez serena por encima del discurso de un pacificador. Pensemos detenidamente: ¿por qué es Lazzaro un ser digno de ovación? La respuesta es simple. La película no para de darnos señales en forma de eventos mágicos que por el solo hecho de existir ya denotan su carácter divino. Con un animal en forma de tótem y una caída y posterior alzamiento, el chico se convierte en símbolo. Y esto se acentúa con su irritante manera de ser. Para unos benévolo, para mí inconsciente. Pues Lazzaro no se entera de lo que sucede a su alrededor, no proyecta ninguna empatía ni tiene un concepto sobrio de existencia—no tiene ninguno—. Sus cualidades son otras, y no son precisamente buenas… El hecho de hacer todo lo que te ordenan, de no tener ningún tipo de pensamiento, de ser prácticamente un ente manso no es algo de lo que se pueda tomar ejemplo. Es la felicidad del ignorante lo que se predica, de una manera atractiva y nada cuestionada.

Captura de pantalla (645)

La pasividad y la sumisión es ahora un modo de vida adecuado en una sociedad en la que se vapulea a la mayor parte de personas. El no hacer nada —literalmente— es motivo de aplauso, reconocimiento e incluso culto. Y no puedo negar la presencia de un error de concepto tan frío y peligroso que invita a la error en cuanto al significado de palabras como “sensibilidad” o “pureza”. Amén de muchos otros aspectos negativos —trivialidades y ridiculeces— este es el que más me molesta y aun a pesar de reconocer algunos aciertos, el resultado me parece errado y sobre todo aburrido.

Camuflar la ignorancia y la estupidez con un manto de tradición y fantasía no es lícito, como tampoco lo es usar un sentimentalismo tan barato para hacer una crítica social.

 

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