Proshchanie

Elem Klimov (1983)

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En Proshchanie, se nos narra una historia que esconde un significado simbólico. El fin del mundo mediante el fin de un mundo. Sobre la naturaleza y nuestra unión con ella. Sobre un sentimiento ancestral y una verdad olvidada. Una isla llamada Matiora (Матера)—vocablo en ruso muy parecido a “madre” (мать), no de forma casual— se ve condenada a desaparecer tras la irrupción de un proyecto para construir una presa. Y sus gentes deben exiliarse.

Pensando pues, que la isla representa un modo de vida harto olvidado y destinado a la destrucción por el simple advenimiento del progreso, podemos decir que, Proshchanie es un nexo entre el hombre y la naturaleza. El espíritu mostrado en el cine. El adiós que se dice a la isla en silencio y el mismo que es proclamado a la esencia del alma. Un apocalipsis tangible y total. Físico y metafórico. Fuera de dudas podría decirse que es una película religiosa en un sentido nada ortodoxo y sobre todo, esencial.

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Todo el ámbito simbólico del film está ligado a la ausencia de Dios como estamos acostumbrados a verlo o percibirlo, y a su automática presencia como natura. Y esto es algo crucial para entender todo el ramaje esencial de la obra. En una escena, Darya comenta a sus compañeras que a veces escucha una voz que le habla cuando esta sola. Las demás están atónitas; ¿Quién es? —preguntan—. Y nadie sabe. Están ahí sentadas, en círculo, bebiendo leche y rodeadas de patatas que han de recoger. Como una fuerza oculta, Dios se nombra sin nombrarse con un poder visual y una sencillez abrumadoras. Auténtica pureza desconocida —mística— mientras hablan de temas ahora clasificados y dogmatizados —incluyendo la reencarnación—. Y es que el tratamiento misterioso de la materia espiritual, representa el film y lo hace profundo frente a una lectura menos introspectiva. Aunando conceptos en la búsqueda de un credo más natural —y, ¿por qué no?, más bello— que nos hace pensar en otro tipo de devoción, sin que por ello cesen las referencias bíblicas. Como el acarreo del ganado en un barco similar al arca de Noé, consecuencia lógica del éxodo en la isla y aun así profetizado por el “loco” como objeto del diluvio.

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La figura de la isla es mística. Su atmósfera única la dota de vida y hace que responda a los cambios que el hombre quiere provocar en ella: La leña que se desploma ante la partida de los primeros habitantes, que parece decir: —¡No os vayáis!—; así como el fuego que no prende al lanzar un fósforo entre la paja; son algunos de los muchos designios que la isla manifiesta para que los suyos no la abandonen. Pero sin duda, el más importante y el que se repite en toda la película, es el del gran árbol que aparece como corazón en el centro de Matiora. Y que se mantiene insondable mientras intentan derribarlo tres veces, sin éxito. Conformando un símbolo de estabilidad y fuerza que, no siendo suficiente para quebrar la voluntad del destino, es primario en la conformación de un espíritu arraigado a la tierra. Ya que, aunque ningún arma es efectiva, la isla sucumbe en su totalidad manteniéndose inquebrantable en el abismo. ¿Por qué? He aquí la cuestión trascendental que convierte a Matiora en una entidad sin tiempo en forma de espacio literario: un limbo. La isla no es otra cosa que el mundo dentro del cosmos, una representación del globo dentro de un mar de niebla dónde las aguas van sumiendo sus orillas hasta cubrirla. Donde se pierde la pista al montículo que perdura bajo el manto de agua fantasmal, debido al árbol-corazón que no puede ser quebrado. Como una realidad más tenue y soñada que alberga los recuerdos de todo cuanto allí ha quedado. Algo muerto pero vivo. Invisible, a fin de cuentas, en el futuro ahora presente. Y que por más que intente recuperarse, no se consigue, pues la esencia no puede buscarse mediante una búsqueda ordinaria como la del barco al final de la película. La conclusión nos dice que, tanto la madre como la isla, ya no están; pero que bajo la superficie perduran. En la memoria de un mundo que es una porción de tierra entre la niebla, flotando en el cosmos y en la muerte. Un más allá metafísico que evoca al verdadero sentimiento de trascendencia y memoria. La culminación del recuerdo de manera poética que no cede ante el grito desesperado de un pobre hombre.

Siguiendo el camino más espiritual del film, podemos ver dos momentos cruciales en el desarrollo de la idea de “naturaleza divina”. Ambos de la mano de Darya, quien me parece, representa un nexo directo entre lo insustancial y lo sustancial —un ángel—. En la genial escena del minuto veinte de metraje, donde ella proclama un poema a la naturaleza y a su vez realiza un rezo nada convencional, pueden verse los motivos principales de la creación en su forma elemental de tierra, agua y fuego y la interacción de Darya con ellos mediante una súplica de palabra y tacto. Luego, justamente una hora después, vemos otro tipo de diálogo con la Tierra, esta vez un augurio y un lamento, pues el árbol ha sido profanado por el fuego y el fin está cerca. Sus labios dicen palabras que parecen no ser suyas; su clamo al olvido y a la muerte son desgarradores. Y finalmente reduce todo su discurso a la memoria: “La verdad está en la memoria. Quién no tenga memoria, no tiene vida”. Y tras esta sentencia, en un acto de sacrificio, prepara su casa para su cremación, como si de un embalsamamiento se tratase. Pasando de lo material a lo sacro por medio de un ritual mudo y personal que finaliza con la purificación por el fuego, en lugar de su mera quema —pues la casa se convierte en ser—.

No quedará ni un alma viva tras la inundación de Matiora, no hay esperanza más allá de la muerte. El abandono de una tumba supone el olvido, y nada perdura en él. El progreso nos trae una visión mejor de las cosas, pero yo veo ciudades cuadradas y zanjas; una bombilla que se rompe en un llamamiento a la reflexión mientras la parafernalia televisiva invade la calidez de nuestro hogar. La visión de tres generaciones y su decadencia espiritual, así como la destrucción de la familia. Una cruda visión del futuro, irrelevante para el hombre del presente, pues él no la verá. Se queda ensimismado en su paso irracional hacia la novedad, en vez de pararse a escuchar que las canciones ya no suenan en el campo. Que en vez de aire hay humo. Que los niños abandonan el mundo real, olvidando el esqueleto de éste y sus raíces… Partiendo hacia el olvido.

A destacar, la “revelación” de Pavel mediante la seductora aparición de una joven tras el baño colectivo. Su cuerpo semidesnudo le produce una felicidad irresistible. Como la belleza original e inocente de la vida misma, que podría ser la respuesta a sus dudas. Pero el deseo lo domina, su corona es de pega y el fuego es la consecuencia.

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