Tabiate bijan

Sohrab Shahid Saless (1974)

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El tren, aparte de ser un mero medio de transporte, en el cine tiene un simbolismo demasiado fuerte y evocador como para pasarlo por alto. Su naturaleza recurrente en muchos de los grandes films de la historia no puede darse por eludida, y mucho menos en una crítica de ésta película. Muchos autores han hecho uso del tren como símbolo en sus películas, desde Víctor Erice en El espíritu de la colmena (1973) hasta José Luis Guerin con su Tren de sombras (1997), pasando por Madre e Hijo (1997) de Aleksandr Sokurov y Polustanok (2000) de Sergei Loznitsa. En todos ellos el tren es un elemento lejano, fantasmal. Un mensajero del tiempo unidireccional, a grandes rasgos. El destino y el devenir de una vida que va a tocar a su fin. Sin embargo, en ninguna de las cintas mencionadas, ningún personaje interactúa con él. Siempre se muestra como una figura inalcanzable, como la representación de algo inevitable. Aquí es donde Tabiate bijan ofrece un planteamiento diferente, que sin dejar de representar lo mismo, hace que se vea de otra forma. Si el tren se desvirtúa, si se “humaniza”, puede llegarse a comprender un concepto diferente de él. Y por tanto, jugar en un terreno diferente aunque se tengan las mismas reglas.

Sohrab Saless, el desconocidísimo director iraní, propone dar una visión del tiempo genuina y única mediante el contacto directo con el vehículo. Pretende hacer que su personaje humano logre alcanzar lo inalcanzable —o por lo menos intentarlo—. Mediante una historia más que sobria, muestra y maneja el tiempo —tanto cinematográfico como vívido— de la manera más real, contemplativa y experiencial de su siglo —al menos hasta que llegó el húngaro—. Nos cuenta el proceso de vida de una pareja de ancianos durante seis días, su rutina, su re-rutina y hace que el tiempo se materialice en dos sentidos (real e ideal).

Mohamad es un hombre sin edad, que vive cerca de un cruce de caminos dónde trabaja como gerente ferroviario. Básicamente se ocupa de subir y bajar las vayas que prohíben el paso a los transeúntes mientras el tren pasa. La condición de que sea un trabajo manual que requiere de su acción directa pone de manifiesto su compromiso personal con el acto de “paso” y denota una falsa ilusión de control, ya que de manera irrisoria el cruce no es muy transitado. Llegando solamente a pasar un pastor con sus ovejas al principio de la película.

Pero Mohamad no repara en ello. Es un ser muy básico que como un maniquí acude a su lugar de trabajo que es también su lugar de vida, de existencia. Víctima de un problema más que social, por mucho que la gente se empeñe —aquí lo que se interioriza es de lo más existencial— que debate al hombre y a su mujer entre la nada y la absoluta oscuridad. Pues en un tiempo de espera, en el que no se sabe si se vive o se “pasa el tiempo” el apocalipsis interno es cuestión de tiempo.

Cuando le llega la notificación de jubilación, los cimientos de su pequeño mundo se empiezan a derrumbar —o quizá ya lo estaban y ahora puede empezar a hacerlos añicos—. El hecho de no saber qué hacer tras perder su empleo, es la revelación de un secreto a voces, la amarga sensación de no ver un mañana posible si le arrebatan lo único que le obliga a ser. Y por consecuencia surge un sentimiento de negación. Decide no entender lo que significa esa carta, y en su fracaso decide recurrir a la súplica. Esa sustracción, ese cambio en su existencia vacua y rutinaria ponen de manifiesto algo demasiado triste y cierto: nada es para nada en una realidad cuya razón de ser es no ser; una realidad en la que Mohamad se condena —inevitablemente— a una rutina consciente e inconsciente al mismo tiempo que acaba por el derrumbe de la misma cuando se produce un cambio. Al igual que en El caballo de Turín—película con la que encuentro paralelismos brutales, de los cuales hablaré al final— existe una apocalipsis (im)personal cuando un estilo de vida marcado por la espera y el vagar-sin-rumbo se ve, ya no amenazado, sino erradicado por circunstancias externas. El hecho de que no haya una opción extra, una salida, no debe sorprender porque no se puede contemplar. La vida absolutamente manida que viven tanto Mohamad y su mujer como Ohlsdorfer y su hija está condicionada por algo que va más allá de las decisiones propias. Por tanto, cuando se habla de la inundación en el film de Saless y del miedo y la preocupación que ésta infunde en el protagonista, se está manifestando el advenimiento del cambio. Del fin. Y es cuestión de tiempo que llegue la carta— que no puede ser leída por la persona a la que va destinad, sino que ha de ser transmitida por un heraldo— que produce el terror y la desesperanza manifestados en una búsqueda ambigua y abocado al  fracaso. Una inundación o un vendaval, da lo mismo.

Pero en Tabiate bijan hay un haz de luz. La Mujer. Lo que a priori puede verse como una vaga reflexión de una sociedad patriarcal, yo lo asemejo más a un enorme ejemplo de humildad y coraje. En la escena en la que su marido le dice que ha sido despedido ella se mantiene en silencio, como aceptando sin reproche lo que la vida les ha deparado. En el espacio cerrado y callado de la casa. Allí dónde Mohamad espera taciturno y apagado su próximo movimiento en la vida, mientras fuma y tose… fuma y tose… su mujer se dedica a tejer alfombras que no son otra cosa que las hebras del destino, cocer platos que se desbordan al igual que el mundo invisible y neblinoso del que poco o nada saben, y pedir a su marido un azúcar metafórico que nunca se le administra. Ella tiene algo que su marido no puede ni imaginar. Tiene un deseo, algo que le empuja a aceptar su devenir e inconscientemente la hace sabia. Ese velo que tanto ansía, significa esperanza, y mientras cada uno tiene su rutina, la de ella tiene sentido. Es, lo que se puede decir de manera tajante, suya.

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Las similitudes con El caballo de Turín de Béla Tarr son objeto de revisión de ambos films. Por un lado tenemos el tema de la rutina y del “tiempo de la espera”, que se representa de igual forma en ambas películas, pero que tienen significados diferentes. En el de Saless, el acto de liar cigarrillos y consumirlos es sinónimo de “matar el tiempo para morir”, mientras que en el film de Tarr es para subsistir. De manera opuesta, el nihilismo se presenta más oscuro en el film de Tarr, siendo su final abiertamente fatalista en un sentido objetivo. El final de Tabiate bijan es más subjetivo. Mohamad se mira al espejo que es lo último que queda en la casa antes de partir. Y lo retira. Retirando también su rostro y su vida del plano.

El tema del eterno retorno que se explora al final de ambos films, la similitud exagerada de ciertos planos, el té y la pálinka, el tiempo de duración ficticia —seis días—…

P.D: Por si os lo estáis preguntando… Sí, Béla Tarr ha visto Tabiate bijan.

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