Da xiang xi di er zuo

Hu Bo (2018)

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Neblinosa y fría fábula de caminos que se cruzan. De como el ser humano se debate entre vestigios de una sociedad decadente, víctima de su propia “autodegeneración”. Donde no hay sitio para los sueños, y todo es sosiego a la luz de un sol que no alumbra.

Las figuras son tratadas de manera impersonal, pero cercana. Como si de relatos ambulantes se trataran. Cada vez que la cámara enfoca sus espaldas, no rompe el plano y sigue en un fluido recorrida hasta situarse en frente del objeto que persigue. Como un fantasma, nos acerca a los pensamientos de los personajes y crea una simbiosis demasiado humana en un mundo deshumanizado. Siempre desde un punto de vista subjetivo, vemos los espacios y a otras personas de manera que acompañan la periferia del “personaje-guía”. Incluso cuando éste no es el objeto más próximo a la lente, se ve bien claro mientras que lo demás se desenfoca. Para crear una emoción y hacer posible la inmersión en una obra de arte hay que tratar el tiempo y el espacio de manera especial. En esto que vagamente se denomina “cine lento”, el resultado es el que más se acerca a una realidad artística, si se posee eso que Tarkovski denominaba “tensión del tiempo”. El encadenamiento tenue y carente de excesivo montaje va a invitar a una observación experiencial, casi mágica, que nos suspende y adentra en un mismo travelling trazado mediante un leve y continuado movimiento.

Algunos planos son de Costa, otros de Tarr (su mentor), pero en su conjunto, Hu Bo derrocha estilo. Su singular atmósfera y manera de narrar merecen un punto y a parte. El como la cámara enfoca siempre a los protagonistas de forma cercana, casi total, y acentúa su carácter diferente al resto —su impertenencia—, desenfocando todo lo demás aunque sea más importante o interesante. También el hecho de que haya un plano específico —enfocando a la espalda— para identificar la inmensa soledad de los personajes que, al mirar de frente al abismo no son vistos, ni se sabe la expresión que dibujan sus rostros; intimidad y misterio para/con el observador. La cámara fantasma que levita entorno a los protagonistas, cuyos rostros y cuerpos se ven en primeros planos haciéndolos más humanos, más reales y que evoca una sensación de inmersión en sus espacios personales mientras los sigue como una extensión más de su ser. Una técnica bastante usada en un cine “más liviano” (Tarr, Jancsó, Sokurov…), pero que denota una maestría singular en el director chino.

A medida que avanza el día en el que se suceden los hechos, la oscuridad va asolando el mundo y la mirada estética pasa de tener poca vida a no tenerla. Esos colores tan fríos son como trazos tenues sobre un lienzo liso y sin fisuras. Una porcelana blanca que puede partirse en cualquier momento pero que no lo hace, porque sería lo mismo que condenar su naturaleza muerta. La vista no se separa del cuerpo, y no apunta ni más alto ni más bajo de lo que puede acaecer. El mundo es recto, estático, desolador; la vista horizontal, sin pretensión de mirar hacia otro sitio que no sea el presente suprimiendo cualquier ápice de esperanza, nos induce a seguir una línea. Como un viaje por el eco de los cuerpos, nos vamos adentrando en un pozo sin fondo que acaba con la más oscura de las noches. Sin poder salir, sin poder retroceder. En el cine de Hu Bo no hay diferencia entre ser útil o inútil, se pone de manifiesto un nihilismo existencial dónde las dudas y preocupaciones se desvinculan del tiempo en que se vive. El suicidio y la depresión están ahí.

En una realidad deshecha que no deja existir, se sugiere un único camino de salida. Aunque no haya ningún sitio a donde huir, aunque no haya ninguna luz en la oscuridad de la noche, Hu Bo deja caer que no solo se puede intentar salir de “ahí”, sino conseguirlo entrando. Es decir, una mirada más espiritual y menos social puede hacernos notar que aunque los diferentes personajes no alcancen su objetivo al final de la película, pueden quedar inmersos en su propio ser, y por tanto obviar el entorno para “ser” de nuevo o seguir “siendo” de manera distinta. La curiosidad por ver a un elefante que se queda quieto, sentado, no es más que otra vana ilusión. Otra promesa que se hace añicos. Una decepción. Pero si leemos bien la película, sobre todo el tramo final donde los tres —más la niña— se encaminan a la estación de bus al ver que el último tren lo han perdido, podemos observar que el ambiente cambia, la manera de narrar cambia y todo se torna más hermético. El viaje final es como una escena onírica apartada de la realidad, como un sueño en el que los protagonistas despiertan. Al final el elefante no llega a verse porque no es un elefante que pueda verse. Es la idea de un mañana inalcanzable lo que hace que los necios tengan esperanza y hasta que no se den cuenta de que no hay nada más allá del camino, no podrán ser libres. Al bajar del bus, en mitad de la noche, los pasajeros, indistinguibles, juegan. Todos se convierten en parte de algo muy simple, pero con fuerza suficiente como para hacerlos comunidad sin quererlo. Y en ese momento de unión, de rendición a la diversión más infantil, de retorno a un hábito menos complicado, se oye barritar al elefante.

Donde la imagen se queda corta, aparece la música. O en este caso el sonido, el bramido sobrecogedor e imponente de un elefante que parece revivido. ¿Un país? Demasiado complejo en su estructura, imposible de cambiar. Es una teoría demasiado optimista. Más bien creo que simboliza al individuo, o a todos, pero no en términos de masa, sino personalistas. Es un despertar del alma que parece decir: “todo lo que realmente hay en tu vida eres tú”.

Es una visión muy dura, pero justa y verosímil en una situación de caída en picado. Con una simple frase la vida puede tener un sentido de nuevo, o por lo menos hacerte reflexionar sobre ello. Pensemos en la respuesta tan sincera y segura que Wei Bu proporciona a Yu Cheng. Esa frase —”qué mas puedo hacer”— le (nos) hace recapacitar sobre todo. Porque no nos damos cuenta de que el acto mismo de vivir, o de seguir vivo es un acto de rebelión. No en un sentido político, sino vital. En el mundo de Da xiang xi di er zuo, en nuestro mundo, el hecho de que alguien tenga ese pensamiento es tan extraño como el opuesto representado en la metáfora del elefante que se queda quieto todo el día. Porque ahora rebelarse vende y lo sabemos, la gente quiere obtener dinero por encima de todo y lo sabemos; los chantajes, la desconfianza, el prejuicio, la inutilidad, el miedo, la infidelidad, ¿el amor? se han tornado espectros definitorios de ésta nuestra sociedad, y en el momento en que alguien parece ir en contra de ellos, no es creíble. Eso que antaño podía llamarse nobleza, se ha perdido y en el momento en que aparecen personas como Wei Bu o Wang Jin no sabemos, no creemos, que puedan ser así.

Por desgracia la obra de Hu Bo termina aquí, su suicidio es sinónimo de silencio eterno en su arte. Una verdadera lástima.

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Hay nubes blancas en el cielo,
grandes acantilados se elevan hacia lo alto.
Interminables son los caminos de la tierra,
montañas y ríos obstruyen el camino:
te ruego que no mueras.
Por favor trata de venir nuevamente.

Canción de las Nubes Blancas, de Shu Chung

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