Outer Space

Peter Tscherkassky (2000)

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De dureza sensorial, de concepto interesante y de inmersión total. La “obra cumbre” del austriaco Peter Tscherkassky se presenta como un trabajo en su línea del material encontrado, que provoca en el autor de esta crítica una reflexión necesaria sobre el tema de las vanguardias, los experimentos y demás cosas, cada vez más veneradas, pero igual de engañosas en el panorama del celuloide. El lado oscuro del Cine, el que habla de la propia naturaleza de éste —como medio o ente— me hace pensar sobre su verdadero concepto y finalidad.

Con una simple, pero intrigante propuesta, Tscherkassky recicla de forma caótico-dramática fragmentos de la película The Entity (Sidney J. Furie, 1982). Corta, superpone, desmonta e incluso rompe el celuloide para mostrar el terror del aislamiento y la paranoia en un espacio cerrado.  Una joven se sitúa al pie de una casa, que es el motivo principal del film. Un lugar sombrío amparado en la oscuridad de la noche y que evoca un sentimiento de tensión muy poderoso. Hasta entonces, hemos sido partícipes de un tratamiento legítimo del film, no hay grandes cambios ni roturas graves. Pero en cuanto la chica se adentra en ella, somos testigos de una epiléptica situación que despierta el lado instintivo de la mente. Nos induce. Esto es porque el exterior de la casa es un espacio; el “espacio exterior” que da nombre al título, respondiendo a un cambio de roles —debido a una asignación del espacio cerrado con la inmensidad barbárica del infinito, el interior se convierte en exterior en una metáfora dimensional— y en el que existen unas normas diferentes a las del interior que, como veremos, es dónde se manifiesta el ente, el creador y el propio Cine.

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Al entrar en la casa, comienza la angustiosa recreación del acto penetrante de un ser consciente—en este caso, una actriz— en un universo que escapa a la razón y dónde todo es locura. Literalmente, el cuerpo de la chica entra en las imágenes y se desata el pánico de la mano de un “ente” que ataca. Como si de una posesión fílmica se tratase, ella se ve presa de la propia obra; siendo sometida a las exigencias de un montador— el propio Tscherkassky— que, con su actuación directa, no hace otra cosa que manipular el lenguaje cinematográfico, por medio de su destrucción. No solo en términos de interacción demiúrgica con la propia película, sino llegando a manipular directamente el film. Tscherkassky trastoca literalmente el celuloide mientras éste está en marcha, hasta que las imágenes comienzan a tartamudear y a descarrilarse—nótese como las partes laterales “salen” de su marco y puede verse claramente el rollo de película—. El espacio exterior es un cuadro de disfunción cinematográfica; un infierno vanguardista (porque responde a un movimiento) que persigue la destrucción de una ilusión— ¿la hollywoodiense?— mediante la mal llamada, en este caso, “no-narratividad” y el violento montaje del que hace uso.

El monstruo invisible persigue a la chica por cada habitación, sometiéndola y provocándole un miedo irrefrenable ya que no hay manera de esquivarlo: dónde va el ojo, va el objetivo y viceversa. Entonces opta por atacarlo en un acto obviamente suicida. Ella vive en la película y si la aniquila, ella es destruida. Como si nosotros quebrásemos a golpes el espacio que ocupamos en la existencia. Así pues se pone de manifiesto la naturaleza viva del Cine, que aquí va más allá del personaje y sugiere un problema a la hora de extrapolar la obra al ideario cinematográfico. Después de un ataque que se repite en bucle, la máquina/realidad se ve debilitada, su búsqueda de un fragmento más calmado se muestra difusa y tambaleante; hasta que se focaliza en una imagen opaca de la chica, con los ojos fijos en ninguna parte. Una imagen muerta.

 

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La pregunta que me ronda la cabeza es, como con casi todas las obras de vanguardia —cine experimental— que no son resultado de la new age, o simplemente sirven a la nada es la siguiente: ¿Es esto una película? No lo sé, supongo que depende por dónde se mire. Lo que está claro es que es una nueva forma de ver el Cine —legítima o no— que se distancia del ideal artístico (porque no es arte).

Como es habitual en los trabajos de Tscherkassky, abunda el uso del negativo y el fundido encadenado, factores que ayudan a la experiencia inmersiva y asfixiante. Haciendo posible una unión plástica entre el mundo real y el del aparato volviendo inmediato y brutal el acto de ver. Destruyendo y reconstruyendo la obra en un ritmo abstracto, de sonido desgarrado y fragmentos de imagen, de manera que se consigue sepultar el modo de comunicación estandarizado en el cine. Así como la chica se ve atrapada en un mar de violencia en el que la cámara la golpea, nosotros sentimos un incómodo estupor mientras participamos, inevitablemente, en su agonía.

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