Ettrick

Jacques Perconte (2015)

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Un viaje pictórico por los Scottish Borders, donde Perconte nos vuelve a inducir a su visión del hombre y la naturaleza en su particular forma. Esta vez, de una forma simbiótica que, mediante el acto elaborador evoca equilibrio.

Con un ascenso a “la Montaña”, el píxel, a veces feo, a veces bello, nos indica la rotura de la imagen, del color y del espacio en el que nos movemos. Destejiendo esa realidad, tan extraña a la vista de una lente difusora y haciéndola maleable. El bosque y la costa se difuminan mientras los colores y el ambiente no paran de cambiar, como si fueran masa. Podemos ver el nacimiento del arco iris, donde los leprechauns guardaban su oro en las leyendas celtas, y donde nosotros vemos una unión entre la luz, el cielo y la tierra. Puede leerse que Perconte ha encontrado ese tesoro y es la belleza misma del principio del arco iris, denotando una tremenda pasión por el verdor de la Tierra. Aunque también podría decirse que es el advenimiento del hombre, el pastor que llega por el horizonte.

Después, aparecen las ovejas, pastando en un prado siempre cambiante que acaba por tornarse en una tela que bien podría parecer una alfombra, tejida poéticamente con la propia imagen del prado. Cada píxel, invisible en su movimiento, nos lleva a la simetría del tejido y nos da la clave de su origen. Como un proceso de evolución, la materia prima se va desdibujando cada vez más hasta llegar a la fábrica mediante el tremendo acto de convertir la hierba en hilo con un plano superpuesto. Es allí, donde las manos de los anónimos manipulan ese elemento natural y le dan la forma que lo convierte en algo nuevo. Los pigmentos dan color, las hebras se tornan tejido. En la fábrica textil todo es ruido y simétrico traqueteo, por ello da la impresión de que el hombre no es el que era. No vemos al hombre como hacedor, sino a la máquina. El proceso industrializado del complejo nos lleva a un ritmo más desenfrenado, donde la quietud no existe y el hipnotismo es más feroz y menos contemplativo (aquí los pixeles son necesariamente feos). Para mí la secuencia del entramado de hilos y hierros es el ejemplo del estupor de Perconte frente al proceso de producción “masivo”, sin olvidar que lo pinta como algo bello, al igual que las filmaciones de los árboles. Cree en la convivencia y la sostenibilidad, de una manera demasiado esperanzada para mi gusto —al  crear un ciclo vital prado-tela-prado, deja clara su intención—. Aun así, los retazos que el director deja sobre un posible/seguro derrumbe del medio no faltan.

Cuando vemos el polvo entre los árboles nos es dada la señal de que hemos llegado a la cumbre. Las máquinas ya no están en un espacio frío y gris, sino que como animales de presa, se relacionan directamente con el media ambiente y en silencio continúan la labor transformadora. Las máquinas excavadoras y taladoras que, como podemos observar, se muestran con cortes bruscos, rompiendo el “cuadro” etc —así como se muestran en Impressions las autopistas, por ejemplo— hasta que surge un temblor que es a la vez natural y artificial. Entonces el panorama se vuelve cálido (y no en un sentido maternal, precisamente) y el bosque escocés se torna de fuego gracias al pigmento rojo que vibra a la vez que aulla. Un atisbo del infierno que se puede desatar. Así, pues, el viaje acaba, y se baja de “la Montaña” para pasar a otro tipo de rojo. El de la sangre.

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