Uzel

Aleksandr Sokurov (1999)

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Cuán desdichados sois los artistas, que jamás disfrutaréis de vuestra obra. Rodeados de tinieblas y en soledad, alumbráis el corazón del mundo.

Sokurov es el director más curioso y dispar que he tenido el placer de conocer. En su haber podemos encontrar títulos tan dispares que nadie podría decir que pertenecen a un mismo autor, aunque por otra parte, puede apreciarse un talento singular impreso en todos ellos. La planicie de las imágenes y el sosegado ritmo de los planos, unido a su neblinosa y maqueada estética hacen de su obra algo remarcable e intransferible. De entre sus películas caben destacar sus “documentales”, tales como Dukhovnye golosa, Povinnost y Uzel (la que nos ocupa), los cuales proponen un acercamiento al ser humano, mediante la contemplación, el viaje y la memoria. Ambas tres tienen una duración elevada —superando las tres horas— y en cuanto al aspecto narrativo las dos primeras se asemejan más. El caso de Uzel es diferente y hasta dónde yo sé, Sokurov no pretendía otra cosa. El modo de filmarlo no es para nada a lo que nos tiene acostumbrados y desgraciadamente es uno de sus trabajos menos conocido —no se habla nada de Uzel en el libro más completo que he podido encontrar sobre el autor: The Cinema of Alexander Sokurov: Figures of Paradox—.

La figura de Aleksandr Solzhenitsyn, el escritor exiliado, autor de Archipiélago Gulag regresa a su patria y concede una entrevista a Sokurov que a ratos se transforma en diálogo. A modo de introducción, mediante unos fotogramas del pasado, Sokurov nos cuenta su vida desde su nacimiento e infancia hasta su exilio. Su esposa nos hace las veces de voz acompañante a la hora de conocer al escritor hasta que podemos oír de la boca del propio hombre, sus pensamientos más profundos. El tema de conversación va variando desde pensamientos políticos a históricos, pasando por su encarcelamiento en los gulags de Siberia dónde trabajó bajo el frío insoportable. El escritor rememora sus ideas y las expone, no sin ser a veces interrumpido por Sokurov, quien no puede evitar preguntar, dar su opinión y reflexionar sobre la conversación que tienen. El desencadenante de toda esta rica y genuina muestra de lenguaje, comienza en un bosque donde se oyen los pájaros. Ambos caminan con las manos pegada a la espalda, en señal de reposo y contemplación y comienzan a hablar sobre sus inquietudes.

La contemplación es un tema recurrente en el cine de Sokurov, que aquí se muestra en forma de palabras sin rastro de onirismo. Su característico enfoque a la situación de una manera soñadora, no se aprecia en esta obra. Y puede que tenga que ver con una de las conversaciones que aluden a lo que el llama “trama moral”, que eclipsa a la trama real mediante la acentuación del asunto reflexivo, acompañado de la imagen plana y seca, para no distraer. Entendiendo que Sokurov quiere centrarse en las palabras y sólo en las palabras, pasando por alto todo lo demás me parece bien y acertado el uso de la narratividad en ésta obra, pero no siendo mejor que optar por la imagen cinematográfica. De ahí que no me parezca comparable con Dukhovnye golosa, por ejemplo. Donde el discurso y la imagen se abrazan en un resultado que trasciende. Son pocas las huidas del ojo de la cara de Solzhenitsyn, sobre la que se hacen planos detalle, que invitan a oír, más que a ver, porque lo importante es la palabra en sí. Y por ello, Sokurov, no se retrae del rostro. Quiere darnos a entender que ésta no es una de sus películas artísticas, y que hay que prestar una atención puramente académica y sin distracciones visuales. Es cierto que hay algunos escapes visuales como el recorrido por el despacho, el retiro del bosque y la huida de la cámara hacia una ventana donde se ven más árboles. Pero son omentos que responden a lo que allí se dice y a nada más.

El autor de La rueda roja, libro de libros que narra el inicio y desarrollo de la revolución bolchevique y que Sokurov representa con un fotograma de su película Odinokiy golos cheloveka, es el eje central de la obra y por tanto tiene que suscitar algo de interés en el espectador. En las conversaciones, que no son pocas (ni falta que hace), se tocan temas que a un servidor le interesan. Haciendo una especie de recorrido histórico no guionizado se habla de la URSS y su crueldad, mencionándose  varias veces el origen de la revolución (subvencionada por Alemania y Wall Street ), exponiendo la visión más decadente de la Rusia comunista y aludiendo al totalitarismo y la falta de libertad. Solzhenitsyn tiene claro que fue un periodo desgraciado para el país, no sin añadir que tampoco tiene fe en occidente. Como ruso y cristiano, admite su amor por la patria y por Dios, aunque después dilapide contra los gobernantes, a los cuales describe como “unas trescientas personas flotando sobre la gente y tomando decisiones por ellas”. La mentira de la democracia y el fatalismo del progreso que surgió en el siglo XX se ven como una pérdida, una muerte del alma. Sacrificando el individualismo espiritual, por una conciencia de masas que responde al “hago lo que hace todo el mundo, porque todo el mundo lo hace”. De la política a la historia y a la literatura. Con la premisa de la trama moral en Dostoievski se discute la importancia de la literatura como arte, ligado al espíritu, pero con normas y estructura definida como la arquitectura. Sokurov se pregunta el sentido de la prosa en el mundo contemporáneo y las conclusiones no dejan de ser interesantes. Acabando por conversar sobre la libertad de expresión en un mundo saturado por la excesiva información, que en palabras de Solzhenitsyn “no deja respirar al alma” (algo así como los recientes trabajos de Godard, de los que algún día espero escribir).

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De la literatura pasamos al arte en sí. Tema que a Sokurov, en particular, preocupa y que acaba con su largo enmudecimiento. Teniendo en cuenta que es un cineasta que “odia” el cine —”el encanto del cine es la tentación, no el amor”—, hay que entender que Sokurov no va a partir de la base del Cine para hablar de arte. No. Lo suyo es más conservador y profundo. Él pregunta sobre el sentido del arte y su cabida en el mundo actual, y malentendido por Solzhenitsyn, da su particular visión trágica. Con la que estoy más o menos de acuerdo puesto que la idea de arte es algo demasiado importante para tomarlo como algo masivo. Solzhenitsyn cree que el arte no es un medio riguroso; profesional, por hablar llanamente, sino que puede servir a la masa, y gustar a la misma; y pone como ejemplo el folklore. A lo que Sokurov responde de manera clara y simple que el folklore no es el ejemplo de arte en el que incidía, porque responde a la improvisación y la misma obra cambia según el lugar donde se cante. El arte profesional, que es al que Sokurov se refiere, es el arte trágico como medio para adentrarnos en la muerte y abrazar el espíritu. Uno de los momentos más reveladores de la cinta, ya que habla de la masa y el arte, donde la calidad de la obra disminuye en cuanto tiene que gustar  a todo el mundo.

No se deja a parte el hecho de la religiosidad en la vida del escritor. Comentan qué es creer en Dios, más allá de la iglesia, los evangelios o una rutina dogmática y cómo, para Solzhenitsyn, orar es la clave para que la vida tenga el sentido que dice que tiene. Y acompaña su prosa con metáforas geniales a la par que vivencias personales y cuestiones morales, de entre las cuales destaco el acto de perdón y su travesía en barca. Comenta que en un río, él y otra persona se encontraban a la intemperie dónde la lluvia y el viento imperaban y no había nada para resguardarse. Como consecuencia empezaron a volverse supersticiosos —“en la naturaleza el hombre siente cosas superiores”—. Así pues, alega que hay una espiritualidad fuera de la religión, cosa intachablemente cierta, sin olvidar de la importancia de los dioses en la cultura del mundo.

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Sokurov cuenta con otro artista para debatir, llegando a desvelar verdades reales e intangibles para acabar por dejar un aire de pensamiento y posterior reflexión (para el que la quiera hacer), de una forma legítima y acorde con sus intenciones, pero que no llega a convertir el trabajo en una obra de arte. El director ruso, enamorado de la música, la literatura y la pintura, nos deja un trabajo imperdible, que lamentablemente es olvidado por el panorama cinematográfico actual. Él sigue vagando entre la duda y la filosofía, triste y rodeado de belleza al mismo tiempo. Sokurov es una persona complicada y atormentada a la vez que el mejor director de cine en activo. Con Uzel, alega pasión y compromiso, a la vez que acude a su propia memoria fílmica para representar lo que está dicho. Con fragmentos de Odinokiy golos cheloveka y Kamen aviva esos “fotogramas de la memoria” mientras se habla de Chéjov, Dostoievski, Gogol y Platónov; y se nos brinda una experiencia muy enriquecedora.

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