Disquiet

SJ. Ramir (2011)

Captura de pantalla (728)

Nuevas visiones del elemento introspectivo del viaje nos llegan desde Nueva Zelanda, de la mano de SJ. Ramir. Su imagen grumosa y triste nos adentra en un mundo soñado mientras el sonido cerebral mide el tempo del desasosiego.

Se podría afirmar de manera sencilla que Ramir es otro de los discípulos indirectos de José Val del Omar, ya que su uso del sonido diafónico y la textura, más o menos viva de la imagen para sobrecoger al espectador en su propio mundo. La atmósfera que se crea parece tan real que raya en lo tenebroso. Al escuchar esas pausas, esos huecos en la pista de sonido, que dotan la obra de un aire “estropeado”, se nos prepara para ver la primera imagen, que es la flor mecida por las aguas inexistentes. Un objeto etéreo y emebelesado, en eterno movimiento. Luego, los troncos de los árboles: rectos, inquebrantables, firmes e inflexibles. Cuatro segmentos son principio ni fin, aludiendo a una verticalidad moderna, en la que la ascensión no conduce a ninguna parte si no se sabe la proveniencia —principio-raíces, final-copa—.

Captura de pantalla (725)

Ya tenemos dos opuestos, representados por plantas y que representan las dos características del hombre —en el cortometraje, obviamente—: fluir y permanecer. Dos principios que son extremos en cuanto el primero requiere de un elemento externo para existir y responde a estímulos mediante ondas complementarias a dichos estímulos; mientras que el segundo opta por abandonar la naturaleza de su propio ser, manteniéndose estático en un determinado punto geográfico y temporal.

Así pues, el hombre camina de frente, lenta pero decididamente, apesadumbrado y lleno de preocupación. Camina cuesta abajo, aunque parece que va e dirección ascendente. La plasticidad de la imagen hace que el concepto de lo real baile con su lado misterioso e inexplicable mientras el hombre sigue caminando, lleno de un lamento grisáceo que se traduce como color predominante de la imagen.

Se ve una montaña blanca, en medio del desierto inhóspito y amenazante. Este montículo de azúcar sobre una tierra de café representa una meta en el viaje del vagabundo. Una aspiración que puede y debe ser mejor que el sitio de donde viene. Aunque nada se sepa de ese sitio yo por tanto se deduce que no existe, que es un viaje eterno hacia la nada —como vemos más adelante—. Unas imágenes de una laguna lúgubre y las dunas del desierto, nos hacen memoria del viaje recorrido hasta que vemos las huellas del caminante, que cruza desde la oscuridad hasta la oscuridad. Porque en la tierra prometida nada es distinto, el charco de sombra alberga los mismos designios y lo que era seco allí, está seco aquí. Solamente hay una diferencia notable: la civilización —las casas— que no hace más que romper la rectitud del horizonte, dándole ventaja al negro sobre el blanco, a la oscuridad sobre luz.

El destino no existe y si existe es fatal. La campana fúnebre nos lo anuncia, al tiempo que el espectro se hace más y más oscuro. ¿Qué hacer ahora que el desierto ya ha avanzado y lo cubre todo? La respuesta es obvia: No hay respuesta. Así que el hombre regresa, a ese sitio espectral más allá del horizonte, a la nada. Sus pasos solamente van en otra dirección en una esfera tintada de negro. La pérdida de esperanza es algo que difícilmente llega a calar en el cine actualmente y Ramir logra transmitir ese sentimiento. Dándonos a entender un nihilismo y un desasosiego que el cine no ha hecho más que trivializar y prostituir.

Captura de pantalla (735)

 

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