Walker

Tsai Ming-liang (2012)

Captura de pantalla (808).png

En su “nuevo cine”, el malayo Tsai Ming-liang suprime casi en su totalidad los estilos y sintagmas que caracterizaban sus anteriores trabajos, bajo el peso de la longitud exagerada de sus planos, la no-narratividad y el deseo de explorar el tiempo en el cine llegando a crear atmósferas vacías.

Su creencia en la sinceridad de observar un movimiento, ya sea mediante el mapeo de un rostro o de un caminar singular para llegar a mostrar algo “verdaderamente humano” tiene consecuencias negativas si el modo de expresión conlleva un diálogo entre dos en la manera que el cine lo hace. El problema principal de su obra Walker (y posteriores) es que, una sinceridad pasmosa, sin nada más en el horizonte, no satisface esas inquietudes que Ming-liang tiene, ni facilita una inmersión en su obra cuando el material es tan paulatinamente repetitivo. En Walker, Tsai trabaja el tiempo y el movimiento desde unas serie de perspectivas urbanas nada especiales ni sugerentes, al filmar el avance de un monje budista durante unos treinta minutos —el tiempo es lo de menos, para ser sinceros. Lo que (me) importa es la ejecución ligada a él y el resultado final— Su caminar tan lento, que casi parece un truco de cámara, deja bastante clara la intención del director: Un hombre que va a un ritmo muy inferior al del mundo que le rodea, que pasa insondable y casi mágico por las calles de Hong Kong donde todo el mundo tiene prisa, acaba por caer de lleno en lo que sortea. La premisa es interesante pero la naturaleza del film, retratada tanto en los planos como en la reiteración de los mismos, hace que la calma pretendida se convierta en tedio. La ejecución, que supone el punto de conexión con el espectador, fracasa y como consecuencia la virtuosa y significativa marcha del monje carece de propósito artístico y cinematográfico.

La espiritualidad y belleza que se podían ver al principio del cortometraje, cuando el monje desciende la escalera con la sombra detrás y la luz delante, se ven eclipsadas y reducidas a la nada al continuar, con más de media docena de planos, un viaje que no se presencia. Es decir, el hecho de que veamos todos los pasos, de manera palmariamente cuidada, no quiere decir que los vayamos a apreciar más, porque el tiempo aquí no juega a favor ni del espectador ni de la obra. La redundancia hace que piense en si verdaderamente estoy observando. Simplemente veo esos pasos, no los presencio, al igual que ocurre con el anochecer en Nightfall de Benning. La elasticidad de un plano —más aún si es fijo— es muy delicada y basta un segundo de más para desmantelar algo que podría haber calado hondo*. El uso de la lentitud en el cine es difícil, requiere una tensión especial en cada plano (parafraseando a Tarkovski) y no surge sólo de una observación continua, estática y banal. El caso de Tsai Ming-liang me recuerda inevitablemente al cine de James Benning y Gus Van Sant (post-Gerry), dónde pasa exactamente lo mismo. Una intención artística que responde a la lentitud del film sin saber medir la pulsión esencial del plano y que da paso al tedio y a la nada perpetua. Su cine (el de Ming-liang) es muy variado y variopinto, pero no me acaba de gustar. Entiendo que se lo catalogue como alguien que hace sus obras con humildad, sinceridad y un aire bienaventurado, pero de ahí a ser un referente como lo es en el cine actual, deja mucho que desear.

Captura de pantalla (807)

*Para apreciar una gran obra del cine “lento”, ver Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles.

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