Krisana

Fred Kelemen (2005)

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Un suicidio que podía haber sido evitado lleva a Matiss a recabar información sobre una persona a la que no conocía y menos aún le importaba, a intentar llenar ese vacío que conforma su existencia y en cuyo epicentro empieza a nacer la semilla de la culpa. En el archivo donde trabaja todo está milimétricamente ordenado, pero su perdición es tan inmensa como la luz que baña el agua bajo el puente.

De noche, el hombre surge de la sombra que a su vez lo conforma. La oscuridad lo abriga hasta hacerlo parte de ella para recalcar en un par de movimientos que algo oscuro alberga su persona. El primer plano de la película ya nos muestra la materia de la que está hecho. Su figura se ve compuesta por una oscuridad tan opaca que no deja verlo en la noche. Así pues, al ir hacia el puente y arrojarse un poco de luz sobre esa negrura, ve a la chica al borde del puente y la observa. Una mirada penetrante por parte de la chica, que dice mil cosas, que pide auxilio, no surte ningún efecto en el hombre de las sombras que pasa de largo. Ella se lanza al abismo. Y él despierta de su letargo, para bien y para mal.

Películas como Krisana son las que hacen pensar sintiendo. Cada fotograma respira un aire ahogado y a la vez melancólico que con ayuda de un hábil uso de la cámara invita a la reflexión casi sin querer. Toda la cara visible del hombre tras el suceso no es más que su tapadera, ya que el falso interés —en la acepción de cobarde— y no la redención son los que mueven sus actos. Una visión nihilista y existencialista del propio ser humano que al interesarse por otro cuando éste ha dejado la vida, crea una relación algo morbosa en base a un misterio que podía haberse resuelto con un simple acto por su parte —esto es, efectivamente, evitar el suicidio—. Todo ello no deja de ser irónico ya que la naturaleza de Matiss, el protagonista, que es un hombre atormentado que deambula solo en un mundo vasto y sin atisbo de luz, posee un aura de pesimismo que se va a dar en todos los personajes vivos de la cinta y que da muchos motivos para hacer de él alguien digno de subirse a ese puente.

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Todos son suicidas en potencia y esta es una de las verdades que hacen al film tan grande. Mostrar la cara burlona de algo tan serio como esto y al mismo tiempo darle una vuelta de tuerca al convertir al propio Matiss en un ser apasionado por buscar un porqué, de conectar con alguien que ya no está; en definitiva, de hacerle tener pasión por vivir, puede resultar horrible a primera vista, pero Kelemen sabe moldearlo mediante la atmósfera y su genial fotografía. No es sino en la forma donde se encuentra la figura, en los pequeños detalles. Los movimientos de cámara, la música y los sonidos hablan más que las palabras y mediante su unión consiguen transmitir ideas y pensamientos que explican cada situación. Por poner un ejemplo: en la noche del suceso, se oye graznar lo que parecen gaviotas para acentuar la caída y la muerte de la chica. Al día siguiente Matiss va al puente de nuevo y el sonido de los niños jugando —nueva vida, juventud— se ve radicalmente acallado y sustituido por el graznido de los pajarracos cuando él se asoma. La imagen acompaña al sonido y no al revés. Es algo más que un recuerdo, más que un flashback; algo que solo responde al arte cinematográfico (como la marcha fantasmal al final de The Broken Lullaby de Lubitsch).

“El ser humano se ha extraviado”. Es una de las frases que dice el policía encargado del caso y la premisa de la obra. Una idea se lleva al extremo cerca del final. En la conversación entre Matiss y el amante de la chica, mediante un travelling circular que señala el hundimiento de ambos en su propia impotencia y culpa, la hipocresía de estos dos hombres sale a relucir entre botellas de vodka. Se habla de la culpa, pero no hay arrepentimiento por parte de Matiss, que es tan responsable como el otro hombre de lo sucedido. Queda de manifiesto la ceguera impuesta por una idea de superioridad moral y un sentimiento de justicia barata que impide vislumbrar el hecho razonable y tácito de que el suicidio es obra de los tres (el amante por inducción, la víctima por voluntad y Matiss por omisión).

Al final se ve claro. Otra mirada, que esta vez ha de forzarse, porque su fuente parece irreal. ¿Un milagro o una broma macabra? Esa mirada es la que hace vidente al ciego frente a su verdad más profunda y es por eso que no puede soportarla. Tras una subida de la oscuridad a la luz —inversa a la caída principal de la luz a la oscuridad—, un viaje de lo feo a lo bello y un vómito necesario frente a la casa de Dios, se produce la visión que lo lleva a escalar el muro de su interior. Para finalizar la búsqueda que no tendría que haber existido y recobrar una humanidad perdida. La chica está viva sí, ha resucitado (figuradamente) y él solo puede rogarle el perdón. Un perdón tan sincero como mediocre y que obviamente, obtiene un silencio devastador como respuesta. Después un gesto, una visión de felicidad que supone un estacazo en el alma para Matiss quién, tras escalar el muro del remordimiento se ha topado con su verdadero ser, con su verdadera pasión. Y cae. Se da cuenta de su error humano, de que está mal empezar a vivir por una muerte que podía haber evitado. Hurgando en el pasado para esclarecer la nada. Dando sermones sin potestad de hacerlo y rogando un perdón que no merece. Los pájaros graznan acusando.

El blanco y negro siempre es bienvenido en ámbito del cine, es una elección que, al menos para mí, supone un acercamiento más profundo al universo de una película. Kelemen logra darnos una lección de belleza y armonía que puede compararse con trabajos de grandes maestros de la luz y la sombra. Pero, ¿qué menos se podía esperar del director de fotografía de A Londoni férfi y A Torinói ló? Muchos lo llamarán pesimista. Yo opino que hay personas que ven más allá del problema, y lejos de dar una solución facilona optan por narrar los hechos con elegancia y siempre mirándolos de frente para poder lograr que el espectador/lector/destinatario realice un ejercicio de crítica y se reflexione tras lo acaecido. Gente como Fred Kelemen son lo bastante optimistas para ver el mal en el mundo. Para comprender que la verdad no hay que teñirla si es negra.

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