Tikhiye stranitsy (Whispering Pages)

Aleksandr Sokurov (1994)

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En el buen cine todo está calculado, lo queramos ver o no. Pero siempre hay factores ajenos al control humano. El movimiento de la niebla, la forma del agua, el pliegue de la ropa al viento… En esta gran obra del maestro ruso Aleksandr Sokurov el sonido del agua se filtra en diferentes escenas, así como el continuo flujo del vapor. Humedad ambiental en contrapunto a la imagen seca que responde a un deseo del creador, pero que lo trasciende incluso a él cuando se libera.

Sokurov se apoya en las artes plásticas para construir sus imágenes y lo hace sabiendo muy bien que las dos artes son muy distintas. Es por esto que su obra es tan diversa y discontinua. Pero con Tikhiye stranitsy continúa lo que esbozó en Krug vtoroy (The Second Circle), experimentó en Elegiya iz Rossii y culminó en Kamen. Consigue encontrar su estilo y lo que es más importante: su sentido.

Una ciudad que es una mente y un purgatorio al mismo tiempo se muestra gris, húmeda y sobre todo, ahogada. Su carácter de metrópoli suburbana infinita impide cualquier atisbo de luz o esperanza. No se puede respirar. En la atmósfera que Sokurov dibuja todo se crea y se destruye en torno a un hombre, un asesino. Vagabundo entre los recovecos de su propia conciencia, en eterno debate consigo mismo. ¿Qué hacer? Es la pregunta sobre la que gira Whispering Pages. Todo el caminar desorientado y errático de “éste” Raskólnikov —puesto que esto es una inspiración y no una adaptación de Crimen y Castigo— no quiere decir más para él que para nosotros. El mundo es sórdido, está oculto entre muros grises donde no hay alegría. El sol no existe pero tampoco la luna, porque el cielo no se da a conocer —si es que existe, y si es así nadie se atreve a mirarlo—. Todo se reduce a un laberinto de calles y casas lúgubres y sombrías. Unas cloacas donde la miseria del hombre se manifiesta en cada esquina. Las putas y los perros vagan riéndose absurda y diabólicamente. Los hombres, viles o pusilánimes, se arrojan a un vacío onírico tan real que asusta. Entre salto y salto, el abismo retumba como cuando una piedra hace eco en un pantano tranquilo. Y en el fondo está el techo del mundo-mente. Las personas, cobardes e ignorantes, reducidas a carnaza se arrojan entre carcajadas al hueco de un espejo que refleja lo que podrían ver si alzasen la vista. Hablando más claro: miran abajo para ver el arriba.

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Raskólnikov, inconscientemente, sabe que las personas que allí viven no tienen futuro ni perdón y que por supuesto, él tampoco. Su crimen se transforma en un pecado presentado en forma de cárcel urbana, donde la asfixia no es solo física, sino también mental. Para él se abre una brecha entre sí mismo y el resto, obsequiando su maltrecho espíritu con escenas propias de una pesadilla a la que se accede estando lúcido. La poca esperanza que se ve en el film viene dada por la presencia de Sonia, quien lejos de parecer un calco del personaje de Dostoievsky se reduce al símbolo del bien en el mundo-mente de Raskólnikov. Su dialogo no deja lugar a dudas. Aunque todo sea negro siempre hay un haz de luz —como el del cuadro, El Hallazgo del Laocoonte de Hubert Robert, presente en la obra— y en cuanto a su proyección sobre el asesino se produce el cambio sustancial con la obra de Dostoievsky. Aquí no hay confesión ni castigo material. Pero sí hay castigo espiritual. Redención irresoluta que lleva a la rendición a la inmundicia que tanto lo humilla e intenta esquivar. Al final Dios no existe o no se quiere que exista. La zarpa del animal demoníaco acoge al asesino, lo cobija del mundanal infierno en el que deambula cada día. Le da de beber leche de su ubre.

Raskolnikov no se redime, se rinde al mal y a la desesperación. Y por eso su desprecio continuará. No hay Dios en Sokurov, no hay cabida para él dentro del sosiego del mundo de la mente y el alma humanas. Con la visión del pueblo ahorcado y pendiente de su propio juicio se adelanta lo que viene siendo el final de la humanidad a pequeña escala. Porque la destrucción viene de dentro. El abismo se abrirá ante nuestros pies o bien la noche absorberá nuestras pobres almas.

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