Hele sa hiwagang hapis

Lav Diaz (2016)

Para comprender del todo el cine de Lav Diaz hay que conocer la Historia de Filipinas, al menos desde la colonización española hasta la actualidad. Porque su obra está dedicada a su país si bien él mismo no comprende a su país. Me explico: El hecho de poder entender a un país que ha pasado por tanto a lo largo de su existencia, que aún hoy está pasando por cambios sustanciales, supone un cansado y duro ejercicio de memoria y reflexión. El cineasta, carente de una respuesta, pero perseguidor de un ideal, se hace preguntas que conducen a otras preguntas más complicadas. Buscando el significado de la libertad en su tierra, el alma de su gente; en definitiva, el “Espíritu Filipino”, Lav Diaz se embarca en un viaje sin retorno por la inmensa jungla, para no poder salir, al menos no con las cosas claras.

Hele sa hiwagang hapis es uno de sus relatos más sólidos y místicos. Como un cuento de hadas que mezcla diversos sucesos y estampas, siempre rodeado del más enrevesado de los folklores —pues la cultura filipina tiene base en el mito hindú, el Islam, el catolicismo romano y los mártires revolucionarios—. Es una historia, por tanto, de la Historia y del encanto o encantamiento de ésta. Enlazando, de una manera teatral y —por más que suene extraño— de lo más clásica, algunos de los momentos más importantes de los años de la revolución de Rizal junto con fábulas fantásticas y sucesos de gente corriente, en busca de algo perdido. Lav Diaz trabaja con el denso bosque, como un lugar dónde perderse literal y metafóricamente, durante ocho horas que encandilan —la mayoría de veces— demostrando que el cine no conoce un dogma y que aquello a lo que llamamos “tiempo” depende de su artífice y del sujeto que lo vive.

A lo largo del film observamos el paso del tiempo, contemplando la belleza de esas selvas tan blancas, impolutas. Ensombrecidas, tan solo, por un incesante vapor y ornadas con los sonidos de los grillos y los pájaros. Un ambiente de ensueño, logrado mediante recursos propios de un mago en los que la realidad poco a poco va retorciéndose y dando lugar a nuevos mundos. Mundos imaginados mediante el pasado y su estructura espiritual católica.

En los cines del filipino el elemento “Dios” está separado del elemento “Iglesia” y en Hele sa hiwagang hapis se distingue más que nunca. Lo queramos o no, la mente y el espíritu no pueden crecer si no cambian, si no alteran sus puntos de vista y se abren a un abanico de opciones mayor. Tanto en la fe como en la revolución, Lav Diaz propone y supone lo mismo: Llegar al “alma filipina” mediante una poesía, una música y un estilo de vida muy difusos, pero unificados en el interior de los corazones de los compatriotas. Así pues, el papel que juega el catolicismo es el de religión occidental mutada en el seno del mito oriental —en el caso del cristianismo como resultado de una colonización (al margen de lo bueno y lo malo que acarrean en cada lugar), en el continente asiático se da una increíble convergencia con sus filosofías originales— y el resultado, es realmente fascinante. El enriquecimiento de esos mitos y leyendas con los dogmas de la religión cristiana da como resultado una fe como la del Padre Florentino, en contraposición total con la de los frailes españoles que aparecen caricaturizados en la obra. Dios, pues, está más presente en los bosques y en los indios que hablan de la vida, que en estos clérigos —que destacan por sus interpretaciones vergonzosas, tampoco por casualidad— que tan sólo hablan de la muerte.

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Parte de la revolución, como de la colonización, al fin y al cabo es matar gente y tanto los personajes como Diaz lo saben, pero aún así creen en ella. Y es admirable, pero no fácil de digerir. Pues la injusticia se rebate con sangre y la sangre genera ríos… Así que la película requiere de una lectura profunda y para hacerla sin perder esa poesía ansiada, necesita además de tiempo. Así pues, nace un cine que tiene tanto de obra teatral como de novela, y que se compone de varias capas, siendo éste aspecto bueno y malo a partes iguales —malo porque no es puro y bueno porque no debe serlo—. Con personajes maniqueos (como en Shakespeare o en los Libros Históricos del Antiguo Testamento) que rondan a otros más grises y que se pierden, como apuntábamos antes, en la inmensidad del bosque. Divididos en grupos y haciendo referencia a extrañas criaturas o personajes —los personajes tan pintorescos que colaboran con el Capitán General son claramente tikbalag— que acechan a los protagonistas y los hacen llegar, por activa o por pasiva, a su redención. Y es que todo el cine de Lav Diaz habla prácticamente de una redención mediante la superación de la amnesia histórica; acompañada, en el caso de éste film, de la confesión, castigo y posterior perdón que obtienen tanto Simoun como Cesaria.

Todo se narra a través de los increíbles diálogos y se visualiza en el bosque de la incertidumbre. Vemos mediante las palabras, mucho más que con los ojos, al igual que la niña ciega que recita el poema al principio. Y cuando algunos consiguen superar el bosque y obtener un mensaje de esperanza para un posible e incierto futuro, entonces es cuándo recuerdas que todo empezó con una canción de amor.

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