Primera experiencia: Nathaniel Dorsky

El pasado lunes 16 de septiembre tuve la oportunidad de ver cuatro películas del cineasta experimental americano Nathanel Dorsky, en el Harvard Film Archive de Boston. Dado que toda su obra solamente puede verse en según qué lugares y condiciones —al no estar digitalizada, las copias en celuloide son la única opción— no podía dejar pasar tal oportunidad. El hecho de concertar una cita y poder visionar Threnody, Love’s Refrain, Arbor Vitae y The Visitation en una sala de proyección completamente vacía tuvo mucho que ver en cuanto a la recepción de las películas por mi parte. He de decir que la experiencia fue casi total y me sumí de lleno en lo que serían, las mejores obras de cine experimental americano que he tenido la ocasión de apreciar.

Habiendo hecho un recorrido histórico por el panorama de estos cines “ensayísticos” o “puros”, uno ha podido descubrir a los grandes cineastas experimentales de la época hasta el punto de saber suficiente como para escribir sobre ellos. Conner, Baillie, Mekas, Brakhage, Broomer, Warhol, Beavers, Viola, O’Neill, Frampton, Lowder, Morkopoulos o Solomon son algunos de los nombres de más relevancia en cuanto al cine undergound americano se refiere. Operando durante la segunda mitad del siglo XX, dieron mucho que hablar y aportaron, de manera indudable, visiones únicas del arte cinematográfico. Cabe destacar que hoy en día el cine experimental sigue bastante puntero y no se pueden olvidar nombres más recientes como Pierce, Todd, Gatten, Morrison o Clipson, cuyas obras mantienen un espíritu —algunos más que otros— arraigado en esa “tradición” de planos aparentemente sueltos, parpadeo entre imágenes o montaje solapado. Todos ellos tienen algo de interesante, pero también algo de pecaminoso o, por decirlo más claro, algo que falla. En algunos cineastas el hecho de volcarse de lleno en la experimientación, hacen que olviden (o evadan) el fin, que dicen perseguir: el arte. Bajo mi punto de vista muy pocos cineastas que han experimentado con la imagen, el sonido o el montaje y se han abanderado bajo los estigmas de un movimiento que, querámoslo o no, tiene tanto de innovador como de dogmático, han conseguido crear auténtico arte fílmico. Y el caso de Dorsky es el más claro.

No me propongo hacer una crítica como acostumbro —la certeza de que las obras de Dorsky no esconden nada excepto lo que muestran, es decir, una imagen que es sólo imagen cinematográfica y ya está, hace que escribir una crítica sea para mí algo inútil—, sino a exponer una serie de ideas para intentar dilucidar lo que significa lograr lo que Dorsky ha logrado. Empezando por señalar que, en este mundo la realidad ha acabado por convertirse en una materialidad opaca y alejada de lo que antaño fue, un espejo profano donde al mirar encontramos poco o nada de lo que en realidad hay. La poesía y el espíritu han desaparecido para dar cabida al hombre sin fe, el hombre sin su natural faceta religiosa. Y como consecuencia, cuando se hacen películas y se ven, no se puede comprender un acercamiento más espiritual —y esto no solamente pasa en el cine experimental, como es lógico—. El cine que prescinde de actores, historia, divertimento o mensaje tiende a verse como inaccesible o directamente a evitar. El cine de Nathaniel Dorsky carece de todo elemento considerado cinematográfico excepto del montaje y la luz y en mi opinión, es lo que más se acerca al Cine como concepto puro. Su elegancia en los planos, absolutamente perfectos y escogidos con una delicadeza casi divina, produce un sentimiento de atemporalidad e inmanencia tales que, de forma alucinante, devienen a hacernos conscientes de nuestra propia estancia en el tiempo presente, en el momento preciso en el que observamos la imagen y ella a nosotros. Certeza de nuestra propia mortalidad. No hay trucos ni mentiras en éste cine de la Verdad presencial que, al combinar los planos con una cadencia misteriosamente agradable, trasciende lo cotidiano de los momentos y consigue hacer visible lo invisible.

Bien, este cine tan impactante se recrea en un sinfín de momentos realmente puros que se extienden ad infinitum y supone un contraste de capital importancia con respecto a otros como el de Robert Todd —que es su versión imperfecta—. La sencillez no deja cabida a lo irrelevante y menos a lo vulgar, como sucede en las películas de Jonas Mekas, sino que precisa y muestra solamente lo mejor que puede recoger y aun así de nada se abusa.  Nada queda en entredicho ni en falsa alabanza, ni en vacía e intelectual contemplación. No hay tampoco simbología ni recursos que inviten a la reflexión. Tan sólo diálogo con la propia vida y respuestas involuntarias que preceden momentos de iluminación. Captar la vida es una tarea muy complicada y que pocos artistas consiguen de una forma especial y legítima. Y es por esto que se dirá, con razón, que el cine de Dorsky es poético; aunque sea una definición bastante escasa a la hora de hacer justicia. La realidad es que la selección tan precisa de los planos, su evolución e irresistible belleza consiguen crear una especie de poesía intercalada con el sentimiento puramente místico que conlleva un acercamiento al mundo real, a los territorios del Cielo y la Tierra como parajes hermanados y eternamente mezclados. De la unicidad a la universalidad.

Lo que vemos cuando observamos la vida son una serie de hechos, del todo incomprensibles, por mucho que nos empeñemos en buscar significados que inevitablemente nos conducen a pensar que hay algo escondido… algo más. ¿Cómo se comportan las sombras? ¿Cómo el reflejo del agua? Las ramas de los árboles reflejadas en el agua en movimiento nos dan una imagen diferente de ellas y del mundo, al recortar los límites del plano. El proceso ver-observar-discernir nos lleva a preguntarnos qué es en realidad lo que vemos y por qué se comporta así. La pregunta subyacente es inevitable en nuestra caja de calcio. Pero, viéndolo en perspectiva, el observador influye también en ese proceso, obteniéndose así una doble mira cámara-espectador que reconduce la imagen a un estado distinto del meramente observable. Experiencias diferentes. Una huella, un juego de manos, una flor y la Luna comparten espacio y tiempo en una imagen, que, sin esfuerzo, sangra en sí misma. No hay yuxtaposición visible y parece que todo se sucede por arte de magia, como si no hubiese una mano humana detrás.

Todos los extraños matices de las películas tienen la condición de terrenal y celestial, haciendo inevitable una abstracción en los materiales visibles. Hay planos que evocan cosas que no son, que mezclan objetos mediante reflejos en los cristales o simplemente dejan ver algo imperceptible. Todo rodado con una bólex y siempre con luz natural, aunque parezca imposible. El cine, sin tapujos, sin trucajes, sin metodología. Sólo alma. Alma de las imágenes. Nada más y nada menos.

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—Imágenes de “The Visitation

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