Transsilvània

Ramón Balcells (2014)

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Relato corto que presenta una historia de vampiros de una forma libre y abstracta. Balcells define su película como “un film que se vampiriza a sí mismo” y la verdad es que esta frase da mucho que pensar. La estructura progresiva de Transsilvània, que comienza con una pintura de un prado con ganado en el que las pinceladas parecen moverse sinuosamente y termina con la abstracción total en constante aproximación a la imagen color rojo de una “tormenta de sangre” —de la que hablaremos más adelante—, responde a ese proceso de “vampirización” al que se alude en la sinopsis.

La trama del film podría resumirse en una sencilla frase: en un pueblo donde la gente hace labores típicas durante el día, dos vampiresas1 llegan para asesinar y teñir la noche del rojo de la sangre. Obviamente, Balcells no trabaja con la obviedad y la narrativa convencional ya que, al igual que en su anterior trabajo, El vacío (2013), es el silencio el que cuenta la historia y el sonido el que dibuja la imagen. Balcells se “limita” a dejar caer una serie de escenas que, en un principio pueden parecer inconexas, pero que cobran sentido cuando se comprende la intención del cortometraje. No estamos ante una “simple” historia de vampiros sino que esta premisa es una “excusa” que funciona dentro y fuera de la misma obra. Lo cierto es que el film podría definirse como no-narrativo e incluso vanguardista, en algún sentido —al igual que Cuadecuc Vampir de Pere Portabella, con la que guarda algún que otro contacto—, pues la música y el final abrasivo y desconcertante dan pie a elaborar alguna que otra teoría a su alrededor.

En cuanto se hace de noche y estas diablesas se acercan al pueblo para alimentarse, primero vemos el cielo de un rojo digital —imposible de encontrar en un atardecer ordinario y, por tanto, primera señal de que el realismo de la película se ha roto— para luego ver un plano cenital del bosque, cuyas negrura se ve salpicada por una serie de “manchas” rojas que esconden tonos amarillos y naranjas en sus núcleos. La cámara se acerca progresivamente, no en un zoom-in sino cambiando de plano, emulando quizá un proceso de tabulación que elimina el espacio negro y se centra en la “sangre”, antes paisaje y ahora píxel abstracto. La creciente sensación de que estamos viendo una imagen en la película y otra fuera de ella resume el propósito metacinematográfico del que hablabamos antes. La vampirización del propio soporte, de la propia película. Ahora incluso la pantalla, la imagen que hay en ella y la cámara han sucumbido a la mordedura fatal de esas vampiresas urbanas.

1- Las actrices están vestidas con ropa moderna y llevan gafas de aviador y tatuajes para más dualismo entre ellas y la gente del campo. Se nota que Balcells, en una interesante e inteligente vuelta de tuerca, ha decidido hacer de su producción amateur algo funcional estéticamente. No hace falta un maquillaje profesional, dientes postizos ni un aura fantasmagórica para “crear” seres que están en las antípodas satánicas del hombre.

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